— ¿Qué tienes pensado hacer? —preguntaba Ágata preocupada, recolocándose sentada a los pies de la camilla de Miriam.
— Pues absolutamente nada. No pienso darle las pastillas, que me pida cualquier otra cosa, pero no soy tonta. Estoy aquí por drogas, lo que menos me conviene es tocarlas. No lo hice fuera, menos lo voy a hacer aquí. —chistó con mala gana.
— Con Alejandra no sé que es mejor, eh... —comentaba Úrsula sentada al otro lado de las piernas de Miriam.
Sus compañeras de celda, de manera muy oportuna, decidieron visitarla esa mañana tras finalizar los turnos de trabajo. Miriam, las explicó un poco por encima las interacciones que tuvo con Alejandra, y por supuesto lo acontecido esa misma mañana en el horario del desayuno, con la esperanza de que pudieran darla algún consejo que la sacase de aquel lío, a poder ser, ilesa.
— ¿Qué quieres decir? —preguntó confusa la gallega.
— Pues a ver... Admiro el coño que le estás echando a esto, pero es que si no le das lo que te pide ahora, a lo mejor mañana te pide algo peor, o directamente se lanza a joderte, ¿entiendes? —Miriam asentía sopesando aquello— Alejandra es impredecible.
— ¿Kabila no te avisó sobre ella? —preguntó Ágata algo extrañada.
— Sí... pero no la hice caso... —bufaba frustrada y con una mueca de culpabilidad en su rostro— Carallo, es que cuando ví a Alejandra... No sé, parecía que sus intenciones eran buenas.
— Aprende a separar el hecho de que esté buena, con que sus intenciones sean buenas. —la aconsejó Úrsula.
— Por cierto, ¿tenéis noticias de Kabila? —preguntó Miriam. Pero ambas compañeras negaron cabizbajas.
— Bueno, se acabó la hora del té. —aparecía el doctor dando una palmada al aire sobresaltándolas— Sabéis que no podéis estar aquí.
— ¿Qué tiene de malo una visita? Que la niña se pasa sola todo el día. —apuntaba Ágata.
— Pues que la visita está prohibida y lo sabéis. —respondía seriamente Rojas.
— Va, ya nos vamos. —terminaba Úrsula poniendo su mano en la espalda de Ágata incitándola a andar— Mañana nos pasamos antes de comer también. —soltó, ya en el marco de la puerta de la enfermería, en forma de vacile, guiñándole un ojo al doctor antes de salir.
— ¿Vienen todos los días? —le preguntó a Miriam alucinando.
— Chico, tú sabrás lo que pasa en tu enfermería. —soltó con un ápice de gracia.
— Qué graciosas estáis, ¿no? A ver si te hace tanta gracia cuando prolongue tu estancia aquí, Rodríguez.
— Me callo, me callo. —dijo levantando las manos en señal de paz.
Úrsula y Ágata se fueron de aquel lugar sin que Miriam obtuviese una solución clara al problema, que más por desesperación que por ingenuidad, ella misma se había buscado.
Tenía dos horas cortas para pensar en algo, antes de que el turno de comidas comenzase y viniese la presa a la que le tenía que dar lo encargado.
Tampoco es que tuviera un abanico amplio de salidas donde elegir... O se lo daba, o no se lo daba, o... a unas malas pedía más tiempo, aunque con esta última seguro que también recibía alguna represalia. Tiempo para que se le ocurriese algo, porque desde ya el tocar cualquier tipo de pastillas de forma ilegal, estaba descartado.
Seguro que si Kabila estuviese aquí, ya me habría ayudado, después de echarme la bronca, pero me habría ayudado... Pensaba aún culpándose por el estado en el que se pudiese encontrar la morena.
