capítulo 17

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Fueron dos días los que Miriam estuvo intentando buscar algún momento en el que pudiese hablar con Mimi sobre lo acontecido tras su salida de aislamiento, pero la granadina no estaba muy por la labor.

Cuando ésta no quería ver a Miriam no la veía, y la gallega tenía claro que así funcionaban las cosas. Solo se cruzaban o se encontraban cuando Mimi quería, pues tenía todas las herramientas conocidas y por conocer para ausentarse de su contacto cuando quisiera.

Miriam entendía que la situación para Mimi podría haber sido muy violenta debido a lo que vivió en su pasado, entendía que ésta necesitase espacio y tiempo. Ya se había maldecido a sí misma por la forma en la que desapareció de allí, pero el hecho de que Mimi seguramente sabía que estaba intentando hablar con ella y aún así no diera ni una señal, comenzaba a terminar con la paciencia de la gallega.

En la gallega lideraba una extraña mezcla de sentimientos, la culpabilidad y el enfado. La culpabilidad por el daño que le hubiera podido causar a Mimi, y el enfado que le causó que ésta se esfumase en vez de enfrentar lo ocurrido, acción que Miriam veía plagada de infantilismo con ápices de rencor.

Tampoco es que fueran nada, no habían hablado acerca del tipo de relación que las unía, por muy intensa que fuera su conexión, y tampoco es que llevasen con ella un tiempo considerable. Entendía que ella no estuvo acertada al irse de aquella celda sin decir nada, pero por otro lado, si la mayor se hubiese abierto con ella con anterioridad, hubiese hecho las cosas con algo más de cabeza.

En definitiva, que en la cabeza de Miriam ambas tenían parte de culpa, tampoco quería sentirse enteramente responsable de su distanciamiento, desaparición o lo que fuese aquello.

— Volviste a competir, ¿verdad? —soltó Miriam medio adormilada y con su melena revuelta, apoyada sobre sus codos en el colchón, en el momento que escuchó a Kabila trastear por la celda.

Era la tercera vez esa semana que Kabila salía de madrugada de la celda, aunque al día siguiente su rostro no tuviera ninguna señal.

La morena haciendo oídos sordos, terminó por vestirse ante la atenta y juiciosa mirada de la gallega.

— Kabila. —le llamó la atención antes de que saliera de allí.

— ¿Qué, Rubia? —respondió girándose a la vez que fijaba su mirada en el rostro de Miriam.

— ¿Compites o apuestas?

— Depende de cómo vaya la noche. —respondió con una tranquilidad pasmosa.

— Voy contigo. —dijo decidida levantándose de la cama con cuidado de no chocar su cabeza con la litera de arriba.

— No, es que ni de coña. —negó con una carcajada irónica.

— Porque tú lo digas. —reprochó cogiendo su chaqueta amarilla dispuesta a salir de la celda con su amiga vestida con los pantalones cortos de pijama.

— Miriam, ese no es tu ambiente.

— A lo mejor no lo era antes pero ahora es distinto. No soy la misma que entró, no me va a asustar lo que vea ahí abajo, ¿qué pasa si la que quiere partirse la cara ahora soy yo? —cuestionó con una ceja alzada, sorprendiendo a la morena.

— Pasar no pasa nada. Pero me parece una absoluta estupidez, aquí las mujeres saben dónde se meten. Haber estado en aislamiento un mes y pico, y cuatro entrenamientos de mierda no te hacen como ellas. Tú sigues teniendo escrúpulos. —explicó con calma, intentando que entrara en razón.

— Bueno, voy a bajar igualmente.

— ¿Para qué? —preguntó sabiendo que posiblemente habría algo más detrás de las palabras de la gallega.

100 días Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora