Pasaron dos días desde el incidente entre Miriam y aquel supuesto doctor.
Cuarenta y ocho horas en las que sus compañeras de celda no se separaron de ella, rompiéndose la cabeza para encontrar la solución y frenar su embarazo de una forma segura.
Ágata y Úrsula, tras que Miriam le comentase todo lo ocurrido, incluido el paradero actual de Kabila, no se lo pensaron ni un minuto. Se pusieron manos a la obra, buscando todas las formas posibles de, si no le daban las pastillas a Miriam, meterlas por donde hiciese falta. María, en los ratos que coincidían: comedor, talleres, tiempo libre... También se sumó a la lluvia de ideas.
Aunque cabe decir que allí dentro no había mucha variedad de canales de distribución seguros que no las sumase algún mes o año de más a su condena: un vis a vis íntimo, en el que por razones obvias no te cachean en profundidad al salir, algún funcionario que se dejase sobornar o a unas malas recurrir a Alejandra... Pero esta última opción rápidamente la descartaron.
Pasaban las horas y lo peor es que Miriam, no veía el tiempo que pasaba como algo malo, como si su opción de aborto fuera a peligrar, sino como tiempo de decisión, pues conforme más cerca veía el poder abortar, más dudas la reconcomían en su interior.
Lo vivido en aquel despacho de la enfermería, dos días atrás, la había dejado bastante tocada. Tocada e indecisa. Tocada porque ya no sabía reconocer si ambas opciones eran igual de lícitas.
No quería tenerlo allí, pero no podía salir.
— ¡Me acaban de decir que Rojas ha renunciado! —anunció María entrando con velocidad a la celda de Miriam, donde se encontraban todas excepto Kabila.
— ¿Cómo? —preguntó Ágata sin creer haber entendido del todo bien a la rubia.
— Que se ha pirado. —confirmaba con su respiración algo tocada debido a la mezcla del esfuerzo de la carrera y la emoción— Y no solo eso, ha salido esta mañana de aquí con las dos manos vendadas.
— ¿Quemadas? —preguntó Úrsula intuyéndolo.
— Fijo. —soltó la rubia.
— ¿Cómo quemadas? —preguntó Miriam extrañada, levantándose de la cama— ¿Con la plancha?
— ¿Con qué sino?
— Ahora vengo, chicas. —dijo Miriam saliendo rápidamente de la celda.
— Pero alégrate chiquilla, que ya no le vas a tener que ver el careto a ese gilipollas. —habló María observando como la gallega salía a paso veloz de aquel cuadrilátero.
El destino de Miriam no estaba muy lejos.
Exactamente en una celda de enfrente en la esquina.
Llevaba dos días sin hablar con Mimi, más que nada porque apenas había salido de la celda, no tenía ni cuerpo, ni ganas, pero entre esto y lo de Kabila, ya tenía alguna que otra pregunta de la cual necesitaba confirmar la respuesta.
— Hola. —saludó rápidamente entrando a la celda, divisando antes de entrar a ambos lados del pasillo para evitar que hubiese alguna que otra presa vigilando sus pasos.
— Hola, Leona. —sonrió la granadina cerrando al momento el libro que ojeaba, y bajándose enérgicamente de la litera superior.
— ¿Qué leías? —preguntó Miriam con curiosidad tanto en sus palabras como en su rostro.
— Ná más interesante que tú. —respondió agarrando la solapa del uniforme de la gallega para rápidamente atraerla hacia ella y dejar un breve beso en sus labios— ¿Qué tal estás? No te quise buscar estos días porque supuse que te vendría bien estar tranquila en la celda con tus compañeras...
