Tres días después de aquel polvo en la biblioteca, los ánimos entre Mimi y Miriam estaban mucho más calmados. Mimi decidió confiar en la relación de Kabila y Miriam, con la intención de creer que la morena no le diría a nadie absolutamente nada sobre su relación, en gran parte porque seguro que Kabila, al llevar más tiempo allí, sí estaba al día de los problemas que le podía suponer a Miriam, y Miriam...
Miriam estaba absolutamente destensada y relajada. Las noches en la biblioteca con Mimi la dejaban modo zen total, y cuando amanecía seguía sintiendo esa especie de relajación que ni el odioso rato en la ducha con ojos de más sobre ella, cuando muy a su pesar necesitaba despejarse con urgencia por las mañanas, le conseguía arruinar.
Entendedme, cuando digo modo zen, no solo me refiero al sexo, que aunque entre ellas malo precisamente no era, no estaban haciendo uso de él cada noche, sino también al desahogo emocional, pues había días que solo hablaban hasta que el sol comenzaba a iluminar por unas pequeñas rendijas de ventilación aquel lugar, cada noche un poco más suyo.
— Últimamente estás deslumbrante, eh. —comentó Ágata fijándose entrecerrando sus ojos en el rostro de Miriam, quién se estaba cepillando los dientes frente a uno de los espejos del baño.
— Gracias. —sonreía algo adormilada tras enjuagarse con rapidez— Supongo que el pasarme los dos primeros meses aquí llorando me ayuda a verme más decente ahora.
— Puede ser... —reía asintiendo levemente con su cabeza— Pero aunque dejases de llorar seguías estando apagada, con esa cara llevas dos mesecillos o así, que yo otra cosa no, pero observadora soy un rato.
— Pues no sé... Comeré más ahora, o yo que sé...
— O se come a alguien... También puede ser. —bromeaba Kabila sumándose a la conversación recién salida de una de las duchas.
— Ah, eso me cuadra más. —reía Ágata al divisar el rostro algo impactado de Miriam.
— Que no sé, eh. Es mi apunte, pero ya sabes que yo siempre estoy pensando en lo mismo. —decía Kabila dirigiéndose a Ágata, al darse cuenta de que ésta aún no estaba al día de los últimos acontecimientos. Y también porque la mirada asesina de Miriam, la estaba diciendo que arreglaba aquello o la metía el cepillo de dientes hasta la tráquea.
Habían pasado tres días desde que Kabila confirmó la relación, o lo que fuera, que Miriam había entablado con Mimi, y tras su conversación en el pasillo esperaba que ya hubiese informado a sus compañeras. Más que nada porque para la morena, Úrsula y Ágata, eran su familia.
Su familia tanto dentro, como fuera de allí, cosa que dudaba que Miriam sintiese igual, y el saber que podrían estar en riesgo sin saberlo no le hacía ni pizca de gracia.
— Tienes que decírselo, Rubia. —le susurraba Kabila al oído una vez Ágata le prestó más atención a Úrsula saliendo de la ducha que a la conversación que entablaban.
— Lo sé. —se lamentaba la gallega también en modo susurro— Intentaré hacerlo hoy, con María delante, que creo que aunque no esté con nosotras en la celda también es parte del grupo.
— Me parece genial. —sonrió la de rizos de acuerdo.
— Pero es que es difícil encontrar un momento en el que estemos las cinco solas.
— Puedes decírselo de una en una sino, tampoco te machaques por las formas ni por encontrar el momento perfecto. Y no tengas miedo de su reacción porque lo van a entender, no te van a repudiar ni nada de eso. —comentaba a modo de broma haciendo sonreír algo más tranquila a la gallega— Lo único que tienen que estar a alerta en ese sentido, porque aquí el no saber algo que te envuelve te hace vulnerable.
