capítulo 10

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Pasaban los días, las semanas... y las citas en la biblioteca a media noche se hacían más frecuentes. Casi se convirtieron en una rutina para Miriam y Mimi.

A veces se contaban anécdotas, otras veces hablaban de sus gustos gastronómicos o musicales, o simplemente disfrutaban del silencio juntas. No eran conversaciones muy profundas, Miriam intentaba no escarbar en lo que Mimi no quería aún contar, y Mimi simplemente recibía con buen gusto lo que fuera que Miriam la quisiese contar.

La curiosidad de Miriam por saber de Mimi seguía en su punto álgido, pero observándola de lejos en la galería, viendo sus diferentes comportamientos según que presas, intuyó que no debía ser algo de buen gusto ni para ella recordarlo, ni para otra escucharlo. Quiso confiar en que llegado un día la conexión que ambas tenían le diese la suficiente seguridad como para hablar de ello.

No era por cotillear, era pura necesidad de saber quién era realmente la persona con la que Miriam estaba desarrollando un vínculo tan fuerte.

Le asustaba.

Le asustaba que lo que sea que arrastrara Mimi a sus espaldas fuera lo suficientemente duro o terrorífico para alejarla de ella. Alejarse sin quererlo.

Pero llegadas a un punto, Miriam no estaba segura de que por muy malo que fuese el pasado de Mimi, este fuera un motivo contundente para dejar aparcadas sus escapadas nocturnas.

Desconexión era todo lo que Miriam necesitaba, y desconexión era todo lo que Mimi le daba.

— Leona. —le llamaba María asomada en su celda, sacando así a Miriam de su limbo mental— ¿Qué te pasa? Que estás empanada. —preguntaba riendo.

— Nada. —reía también, incorporándose en su cama— Que estaba en Cuenca. ¿Decías algo?

— ¿Que qué tal? Me han dicho que no te ha sentado muy bien la comida.

— Lo raro es que comer eso le siente bien a alguien. —comentó dejando entrever una sonrisa algo cansada— Pero después de echar todo estoy bien. Todo lo bien que se puede estar aquí, claro.

— Me alegro entonces. ¿Te vienes al patio un rato? —la propuso risueña— Seguro que te vendrá bien que te dé un poco el sol.

— Eh... Sí, venga voy. —decía levantándose de su cama.

— Además hoy hay partido. —hablaban mientras emprendían camino hacia el exterior. Entre rejas, pero exterior.

— ¿Partido? —preguntó extrañada.

— Cada mes hacemos un partido de baloncesto, en plan serio. Nos apostamos movidas.

— Pero si no se puede apostar, ¿no? —cuestionó extrañada recordando algo— Digo, porque el otro día había presas jugando a las cartas en las mesas de la galería apostando meras chocolatinas y se llevaron algún que otro golpe de Martínez. —habló refiriéndose al funcionario, hasta el momento, más salvaje que Miriam había conocido allí dentro.

— Sí, bueno... Ya sabes como es el imbécil ese, pero en los partidos de cada mes Mimi apalabra algo con los funcionarios para que nos dejen solas durante la hora de patio.

— Cómo no... —suspiró irónica con una sonrisa medio escondida en su rostro y negando con la cabeza— ¿Y que apostáis?

— Dinero, obvio.

— ¿Y de dónde carallos sacáis dinero aquí si no se puede meter efectivo?

— Trucos Leona, trucos. Ya irás aprendiendo. —dijo guiñándole un ojo— Normalmente todo lo que entra es a través de vis a vises.

100 días Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora