capítulo 11

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— Rodríguez. —interrupía Saydi en la lavandería, deteniendo el trabajo y las sutiles risas tanto de Miriam como de María— Te llaman.

— ¿Qué? —respondió la gallega frenando sus carcajadas.

— Te esperan fuera.

— ¿Quién? —preguntó María a la defensiva, quitándole de la boca la misma palabra a Miriam.

— Simplemente sal. —terminó diciendo la morena con hastío, marchándose a continuación de allí.

— Miriam... —le advirtió María con algo preocupación en su rostro.

— Tranquila, si pasa algo chillo y vienes con la plancha. —comentó con gracia lanzándole a la otra rubia uno de los pantalones amarillos que doblaba.

— Muy confiada te veo. —rió tranquila viendo como Miriam se marchaba no sin antes hacerle una divertida mueca elevando sus cejas. 

En el momento en el que salió del lugar, y antes de terminar de atravesar el oscuro y algo estrecho pasillo de la lavandería que unía ésta con el pasillo central del módulo, oyó un pequeño siseo al que rápidamente respondió girándose.

— ¿Estás ciega? —reía Mimi con una sonrisa chulesca bailando en sus labios, al ver a Miriam, algo perdida en aquel tramo oscuro, intentar enfocar la vista.

— No, pero es que este pasillo tiene una luz bastante pobre. Anda que dices algo, tú como siempre haciendo las apariciones de forma silenciosa. —sonreía apoyándose de perfil en la pared, quedando así frente a la granadina.

— ¿Qué tal estás?

— Bien, ¿por?

— Pues por saber.

— Ya... ¿Me quieres decir algo? —sospechó con una sonrisa incipiente en su rostro.

— Nada importante, que esta noche tampoco voy a poder pasarme por la biblioteca.

— ¿Y eso? —preguntó decepcionada. Ya iban tres días seguidos.

— Tengo cosas que arreglar.

— ¿A las cuatro de la mañana?— preguntó incrédula elevando una de sus cejas, a lo que Mimi asintió— Vale, bueno al menos hoy me avisaste... ¿Y sólo por esto mandaste a Saydi a llamarme como si una reina me estuviera esperando?

— Es que una reina te estaba esperando. —dijo con obviedad.

— Eres idiota. —habló risueña negando con la cabeza y apartando la mirada de la de la mayor.

Se observaron en silencio, a oscuras, únicamente iluminadas por la luz natural que entraba por cada extremo del pasillo, recreándose en las facciones de la otra como si quisieran grabar cada detalle de ellas.

— ¿Te pasa algo? —preguntó Miriam rompiendo el silencio y encuadrando el rostro de Mimi algo más de cerca.

— No, ¿por?

— Ya son varias noches sin venir a la biblioteca, y tampoco es que hayamos cruzado mucha palabra desde... —dijo sin querer terminar la frase.

— ¿Desde el beso? —terminó Mimi directa con una ceja enarcada, en actitud pícara.

— Sí.

— ¿Quieres hablar algo de ello?

— No. Creo. No sé. —respondió insegura haciendo reír sutilmente a la granadina.

— ¿Crees que te evito o algo, no?

— Un poco, sí, mira. —respondió con gracia— Pero no pasa nada, que fue un beso y ya.

100 días Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora