Pasaban las semanas y Mimi seguía ausente.
Saydi, Laura, Claudia y Mónica a cada día que pasaba se sumaba en ellas un ápice más de preocupación por su amiga.
Por otra parte Miriam cada día estaba más confusa, no volvió a ver a Mimi pues todos los intentos por buscarla fueron fallidos. Sabía que si la granadina no quería verla iba a ser imposible dar con ella en ese escenario.
El ambiente en la prisión estaba extrañamente calmado y, aunque vaya a sonar raro puesto que hablamos de un lugar oscuro, lleno de paz.
No había habido peleas desde la muerte de Alejandra, las presas parecían apaciguadas, cada una iba a lo suyo, ni siquiera se lograba escuchar una voz más alta que otra.
Supongo que es cierto eso de que después de la tormenta llega la calma.
Pero esta calma casi que causaba hasta terror, puesto que era algo desconocido allí dentro.
Muchas tenían la sensación de que aquello no iba a durar para siempre y antes de que se dieran cuenta ya habrían libradas nuevas batallas, otras simplemente preferían pensar en que con Alejandra se fue todo lo que empeoraba, aún más, ese lugar.
— ¿Juan? —preguntó la granadina frunciendo el ceño, nada más entrar en la vacía sala de los vis a vis, sintiendo como si de una ensoñación se tratara.
Esa mañana Maya, la funcionaria más empática de aquella prisión, se acercó a la celda de Mimi.
Tenía un vis a vis. Su primer vis a vis desde que entró allí.
Lo que le salió a la granadina nada más escuchar el mensaje de la funcionaria fue una carcajada, y seguidamente frunció extrañada el ceño al ver que no, no era una broma.
— Hola, amiga. —saludaba emocionado el chico— ¿Me vas a dar un abrazo o te vas a quedar ahí toda la tarde mirándome con esa cara de idiota?
En el rostro de Mimi se comenzó a formar a cámara lenta una sonrisa llena de emoción, a la par que sus pies corrían hacia su amigo.
Hacía años que no le veía y semanas que no hablaba con él.
Enmarcó el rostro de Juan entre sus manos y viceversa, observándose mutuamente de cerca sus rostros conmovidos por el reencuentro.
— Sepárense. —ordenaba uno de los funcionarios encargados de la vigilancia de esa sala, mientras los amigos se apretaban con ganas.
— Amargado. —chistaba el moreno de mala gana al separarse del abrazo de su amiga— ¿Qué? ¿Es suficiente verme la cara para dejar de lado el modo fantasma? —preguntaba sarcástico al coger asiento frente a Mimi.
— ¿Qué te han dicho? —cuestionó la granadina, sabiendo que el motivo de la visita estaba arraigado a sus amigas— Bueno, primero respóndeme a ¿por qué llevas semanas sin cogerme el teléfono? Estaba preocupá.
— Estaba terminando tó, impaciente. Ya está todo listo.
— ¿En serio? —respondía emocionada abriendo de más y con ímpetu sus ojos. El chico asintió— ¿Y pá qué vienes? Es ponerte una señal de neón en la cabeza como implicado.
— Gracias Juan, por venir a verme y alegrarme el día, la semana y el mes, eres el mejor, te quiero. —entonó con voz quisquillosa.
— En serio, Juan.
— He venío porque lo necesitabas, aunque te hagas la dura y no lo quieras reconocer.
— ¿Qué te han dicho? —repitió por segunda vez en aquella conversación.
