"El aire que me falta"

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La sensación de ahogo se había alojado en el cuerpo de Carla desde que había puesto un pie en el avión de Lisboa a Madrid.

El que se suponía que debía ser el viaje más breve, en comparación a lo que había sido desde Melbourne hasta la capital de Portugal, se había transformado en algo eterno, sinuoso y asfixiante. Su vista pegada en la ventana ni siquiera se fijaba en los cambios que se suscitaban en las nubes y colores del cielo, sólo trataba de centrarse en respirar lo más normal posible y no dejar que nada de la tormenta que tenía en su interior se hiciera visible al exterior.

Luego de una hora y media eterna, el aterrizaje que para el resto de los pasajeros fue tan tranquilo como una hoja descendiendo de un árbol en un día de otoño, Carla lo sintió como si fuera el más forzoso de todos, uno en donde caía directo al precipicio en aquel crudo invierno que la recibía.

Al bajar del avión se tuvo que recordar como respirar pues el aire le comenzaba a faltar. Al salir del aeropuerto el frío le caló los huesos y la hizo enfundarse en el abrigo que por suerte no había olvidado empacar.

Luego de un breve viaje al hotel en donde se hospedaría para dejar su maleta, emprendió el viaje que no habría querido hacer jamás. Trataba de imaginarse con qué se encontraría, pero le resultaba tan caótico, con tantos escenarios difíciles, que desertó esa idea e intentó mantenerse en blanco.

Cuando finalmente llegó al hospital su cuerpo comenzó a estremecerse, sus manos tenían un temblor permanente y para controlarlo debió mantener sus puños cerrados, a tal punto que sentía sus uñas lastimar su piel. Su corazón latía rápidamente y sus pasos resultaban pesados mientras caminaba por el pasillo que la conduciría a ver a sus padres.

Respira....

....respira....

............ respira....

Se repetía a cada segundo que se avanzaba en aquellas pulcras paredes de aquel sanatorio privado. El silencio del lugar provocaba el eco de sus pisadas, sintiendo el peso de su próximo encuentro en cada fibra de su cuerpo y cuando finalmente dio vuelta en la última esquina que le quedaba, se quedó detenida al ver a lo lejos la figura de quien había sido el culpable de todos sus males.

No supo cuánto estuvo así, quizás sólo fue un segundo, quizás un minuto completo, hasta que la voz de una enfermera le consultó si necesitaba algo y Carla se recompuso tan de prisa como le fue posible, negó con sutileza y dio un paso hacia adelante.

Al hacer eso, otra vez se tuvo que recordar a si misma que debía respirar pausadamente, que debía controlar su cuerpo y calmar sus emociones. Se había ido para que aquel hombre no tuviera más efecto sobre ella y tenía que demostrárselo. Si Teo la veía así, sería una presa fácil de caer y Carla no lo permitiría, no volvería a dejarse manipular ni mostrarse débil ante su propio padre. Así que retomó el caminar, haciendo retumbar sus tacones altos, provocando que su padre percibiera su presencia y se volteara a enfrentarla.

-Carla- masculló sin poder salir de la sorpresa de tener a su hija frente a él luego de tantos años.

La observó con ojos escrutadores, le dio una mirada general de pies a cabeza y luego se detuvo en su rostro, sin poder creer que su hija, la chica de 18 años que había despedido tanto años atrás estuviera convertida en toda una mujer. Ya nada quedaba de esa chica que se había alejado de él, aunque su exterior seguía siendo casi el mismo. Su mirada hacia él era más fría que nunca y eso le provocó un escalofríos, algo que jamás creyó que su propia heredera le provocaría. No había en su mirada ni una pizca de calidez, haciéndolo sentir como si fuera un extraño.

-Teo- respondió con frialdad y sin demostrar ninguna emoción.

Decirle así no había sido una elección o una decisión que hubiera pensado con anterioridad, simplemente al verlo frente a ella, tan duro y frío como siempre, la palabra papá no surgió. Ese hombre que tenía ahí no merecía que lo llamara de esa forma. Todos los recuerdos del pasado, las amenazas veladas, las acciones que tuvo que hacer para ayudarlo y mantener con vida a Samuel se agolparon en su mente como una avalancha de rencor que aún no podía superar y no estaba segura si algún día podría.

El hilo rojoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora