"Un par de corazones rotos"

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Samuel ya llevaba casi dos horas en ese mismo lugar, al pedir su segundo trago había decidido beber lo más lento posible para no emborracharse, ya que esa no era su idea. Sin embargo estaba aburrido, y cansado, las escasas dos horas que había dormido la noche anterior le estaban pasando la cuenta y el bartender lo miraba a cada rato porque había cabeceado en reiteradas oportunidades.

-¿Esperando a alguien?- le preguntó al acercarse, ofreciéndole llenar su vaso cuando ya le quedaba muy poco.

Samuel negó tapando el vaso. Si pasaba a la tercera copa no podría estar tan lúcido como necesitaba estarlo para cumplir su misión.

-Algo así- murmuró y recibió una sonrisa comprensiva.

Luego de este intercambio se detuvo un rato a revisar su móvil, sin dejar de mirar constantemente a la entrada del hotel por si aparecía. Guzmán y Rebeka se habían puesto a compartir historias de la cena en la que estaban pasándola de maravillas, y que él se había perdido. Suspiró cansinamente mientras se limpiaba los ojos y una pequeña cuota de duda y arrepentimiento comenzó a crecer en su interior.

Odiaba esperar en esa incertidumbre, en donde su cabeza sólo se imaginaba los peores escenarios: Carla borracha y drogada en algún otro bar o discoteca, bailando seductoramente en medio de la pista, desbordada, poniéndose en peligro, y esta vez sin contar con la misma suerte del día anterior o como tantos años atrás, ¿Qué tal si la acechaba un pervertido? ¿Si se caía por ahí? O peor aún ¿si su cuerpo no resistía otra noche así?.

Ante sus propios pensamientos bufó con pesadez mientras movía su pie incesantemente contra el piso e intentó llamarla, pero corrió con la misma suerte que Lucrecia, su teléfono estaba apagado.

-Mierda Carla....¿dónde estás?- se preguntó exasperado bebiéndose el último sorbo de golpe para calmar su cabeza.

~~~~~~

Carla había decidido dormir en el hospital al lado de su madre. Había pasado tres noches lejos de ella y la culpa le dictaminaba que debía hacerlo, sin embargo no se sentía nada bien. Seguía con el estómago revuelto, tanto así que no había comido nada en todo el día, aunque tampoco había sentido hambre para hacerlo. Sólo se había hidratado y permaneció sentada dormitando en la silla toda la tarde. Incluso algunas enfermeras se habían preocupado al verla así, pero Carla trataba de mantener todo bajo control, la palidez y ojeras las había ocultado con su maquillaje, siendo más difícil de ocultar y controlar el ligero temblor de sus manos y el mareo constante que debía calmar bebiendo agua a cada instante, aunque de poco le servía.

-¿Estás enferma?- le preguntó Teo en un momento, ya que hasta él podía notar que algo le sucedía a su hija.

Carla levantó la mirada y negó con pausa.

-Lo pareces. Debería verte un médico, que suerte que aquí están los mejores de España- le dijo acercándose al teléfono que había.

-No... no he dormido bien, eso es todo- le aclaró de manera tajante.

-Entonces vete a descansar. No es como si pudieras hacer algo más estando aquí- le dijo él usando la voz de mando que solía usar cuando ella era una niña.

-No, estoy bien. Me quedare con ella- le aclaró en tono molesto, ya que no quería que su padre se creyera con el derecho a darle órdenes.

Teo rodó los ojos y se preparó para marcharse, él si necesitaba dormir en su cama. Así que le dio una breve despedida que Carla con suerte le devolvió y se fue de ahí sin quiera mirar de nuevo a su esposa.

Carla se quedó ahí y dormitó otro rato más, aunque su estado no le permitía caer realmente en un sueño profundo, aun así unas imágenes parecidas a las pesadillas no dejaban de acecharla. Se mantuvo de esa forma hasta que una enfermera ingresó por enésima vez a chequear los signos vitales de las máquinas y cuando le confirmó que todo seguía igual Carla sin siquiera meditarlo, siguiendo sólo un impulso primario y potente que gritaba en su interior, tomó sus cosas y salió de ahí de manera repentina y estrepitosa.

El hilo rojoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora