"Una tormenta que no acaba"

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Samuel continuaba sentado en el suelo, con su espalda apoyada en la puerta y entre sus piernas y brazos seguía el cuerpo de Carla cuyo rostro estaba refugiado en su pecho. Ninguno había dicho alguna palabra, él se había quedado ahí sosteniéndola, escuchando su respiración agitada, sintiendo la humedad que estaba dejando en su ropa, mientras su mano derecha subía y bajaba lentamente por la espalda aún tensa de ella casi como si no quisiera tocarla, pero no era por ese motivo, al contrario quería darle todo el confort posible, sin embargo temía que se sintiera agobiada por esa cercanía e intentara volver a escaparse.

Para Carla sentirse entre sus brazos era algo que había añorado por meses. Desde la última vez que habían estado juntos, su cuerpo se había sentido frío, casi deshabitado, y en ese momento en que estaban así, tan juntos que casi no había espacio entre ellos, volvía a recuperar el calor, y esa tibieza en su interior arrasaba con todo a su paso.

Había intentando pelearle, salir de ahí para que no la viera derrumbarse como una torre de naipes, pero una vez que lo hizo, que dejó salir esas primeras lágrimas que ardieron sobre su piel, no hubo forma de detenerlas y seguían cayendo como torrentes por su cara.

Era dolor convertido en líquido, que apenas la dejaba respirar. Por más que tratara de respirar profundo, no lo lograba, así que dejó de batallar y las dejó fluir, sin tener conciencia del tiempo en que estuvieron así. Supuso que había sido bastante porque sus piernas comenzaron a adormecerse y si bien al cabo de mucho rato ya no lloraba, suaves suspiros se le escapaban de la boca que tampoco podían ser contenidos y recién en ese momento percibió las caricias de él en su espalda. Era un roce delicado que le provocó un estremecimiento y acabó por volverla a la realidad una vez más.

Sin embargo a pesar de volver a tener el control de su cuerpo no sabía que hacer, no quería verlo a los ojos, nunca había sido buena aceptando la lástima del resto, de él sería aún más difícil, y por eso permaneció refugiada en su pecho, oliendo su perfume, escuchando el latido acompasado de su corazón que se convirtió en el mejor calmante para acabar sincronizando su respiración con la de él.

Samuel logró darse cuenta en el momento en que Carla comenzaba a recuperar la calma, pero decidió continuar esperando a que ella hiciera el primer movimiento. No quería perder ni desaprovechar ni un solo segundo de tenerla así tan cerca, entregada y frágil. No disfrutaba verla así, al contrario, le lastimaba su dolor, lo hacía sentir impotente, pero saber que la podía estar ayudando le daba algo de consuelo, borrando un poco la angustia que había vivido durante esas horas sin saber de su paradero y estado.

Cuando la calma ya estaba asentada en Carla y las lágrimas se habían secado en sus mejillas, intentó tomar el valor necesario para apartarse de ahí. No tenía idea de qué haría o diría, pero no podían pasarse la vida en ese lugar, aunque si por ella fuera viviría así para siempre. Comenzó a apartarse con lentitud, con la mirada hacía abajo, sintiendo como Samuel se resistía un poco en dejarla ir, pero lo hizo, y el frío que inundó el espacio que se formó entre ambos se asemejó a la tormenta de nieve que caía en el exterior.

Carla no dijo nada, Samuel no dejó de mirarla en todo ese proceso, intentando encontrar su mirada, pero ella la mantuvo hacia abajo y él supo que debía hablar.

-¿Estás mejor?- le preguntó en voz baja y lenta.

Carla tragó un poco de saliva, se humedeció los labios partidos con la lengua e hizo un leve, casi imperceptible, movimiento de hombros. No podía decirle que estaba mejor, aún sentía ese hueco en su pecho que parecía llevarla al inframundo, pero tampoco estaba peor, ya que lograba mirar ese abismo interno sin sentir que estaba al borde de caerse para no volver jamás.

Lo que si podía reconocer era que estaba agotada, sus músculos, cada uno, desde su rostro hasta sus pies, dolían. Sus párpados pesaban y se sentían hinchados. Hacer ese simple gesto de apartarse un poco de él había sido difícil de llevar a cabo y no sabía si sería capaz de ponerse de pie por sí misma.

El hilo rojoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora