"Renaciendo de las cenizas"

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-Samuel...- murmuró Carla deslizando su nombre entre sus labios, como si aquella fuera una palabra mágica, y sus ojos se volvieron a conectar con los de él.

-¿Si?- preguntó Samuel usando su mismo tono, mientras elevaba una de sus manos para acariciarle la mejilla, viendo con satisfacción como Carla se entregaba poco a poco a ese gesto de profundo cariño.

-Necesito decirte algo- logró decir ella mientras Samuel asentía ansioso por escucharla.

Luego de esas palabras, Carla volvió a quedarse en silencio, contemplando cada detalle del rostro de Samuel. Se perdió en esas pestañas largas, en sus ojos sinceros y determinados que seguía conservando a pesar de los años, en esos labios que tanto la llamaban a tocarlos una vez más, pero se contuvo apartando la mirada. Él le provocaba tanto, la desarmaba y lograba ver más a allá que cualquier otra persona, y eso siempre la hacía sentir vulnerable y a la vez protegida, odiando y amando lo que era capaz de hacerle sin siquiera proponérselo.

-Hay tantas cosas que quiero que sepas, pero no sé por donde empezar- dijo Carla, con su voz sonando como un aliento ronco y lejano.

Samuel le continuó acariciando el rostro, sin presionarla, esperando que ella lograra abrirse poco a poco, aunque no tenía muchas expectativas de que realmente lo hiciera, pero ese simple intento él lo valoraba y le hizo sonreír con suavidad antes de hablarle. 

-Aquí estoy, tómate tu tiempo- la alentó sin romper la atmósfera en la que estaban.

En esa gran cocina, rodeados de la antigüedad y lujo que acompañaron a la rubia por toda su infancia y adolescencia, se sentía el eco que provocaban sus voces susurradas, pero ellos estaban ajenos a todo eso. Se sentían envueltos y atraídos por una fuerza especial, un campo magnético que los mantenía en la órbita del otro, como si nada a su alrededor existiera, y ambos, en lo más profundo de su ser, deseaban que esa burbuja no se rompiera y permanecieran así por el resto del tiempo que les quedaba, pero sabían, con todo el pesar que eso significaba, que esperar que así fuera resultaba sólo un sueño.

Carla se tomó unos minutos más, recabando la fuerza necesaria para hablarle, organizando sus ideas, calmando el ímpetu que le pedía arrojarse a sus brazos, porque tenía la certeza de que debía hablar antes de que se le acabara el valor, antes de que las palabras de su madre se difuminaran de su cabeza, perdiendo así esa gran oportunidad.

-Es como si el tiempo no hubiera pasado- se atrevió finalmente a empezar a hablar.

-¿A qué te refieres?- preguntó Samuel esperando no haberla interrumpido.

Un nuevo suspiro se escapó de los labios de Carla, hablar de si misma nunca había sido su fuerte, ella podía usar otras habilidades, podía usar las palabras y sus dotes para seducir, para lograr que el resto hiciera lo que quisiera, para convencer y mandar, pero difícilmente eso funcionaba con sus propios sentimientos, con ese torbellino de emociones que siempre trataba de mantener resguardado y oculto en su interior.

-Recuerdas lo que una vez te dije.... En tu piso, luego de que descubrí que me habías grabado- le respondió y ambos viajaron a ese momento, recordando cada palabra, cada emoción que habían sentido.

"Por un momento pensé que podíamos llegar a tener algo, pero algo de verdad, podríamos confiar el uno en el otro.

Salir a cenar como la gente normal, sin tener que escondernos todo el rato, aunque a veces decidiéramos quedarnos aquí, para que me hicieras tus macarrones. Que por cierto son asquerosos.

No sé, es que llegué a pensar que seriamos capaces de olvidarnos de toda esta mierda... tener un futuro"

Y Samuel asintió con nostalgia y amargura por lo que él había hecho, o mejor dicho, lo que no había hecho, pues con la distancia del tiempo se arrepentía de no haberla besado, de no haberla detenido y haberle dicho que él también quería y anhelaba lo mismo, aunque en ese entonces su sed de justicia había sido mayor y tampoco podía arrepentirse de eso.

El hilo rojoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora