"Cayendo a pedazos"

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Luego de varios días en Madrid, Lu podía reconocer con total seguridad que lo estaba pasando bien, haberse reunido con sus ex compañeros y amigos había sido un bálsamo. La habían recibido con los brazos abiertos, con real alegría y eso sin duda la hacía sentir que había tomado la mejor decisión. Volver a esa ciudad había sido todo un reto, habían surgido los temores y las dudas al enfrentarse a ese viaje, pero estar acompañada de Nadia, de Omar, a la distancia de su novio, de su familia, incluso de Valerio y los demás, estaban haciendo que ese desafío fuera más fácil de sobrellevar.

Sus primeros días de estadía se habían centrado en visitar a Ander, poner en orden algunos asuntos personales, recorrer algunos lugares que extrañaba y conocer otros nuevos, por eso aquella noche Lucrecia había llegado a esa nueva discoteca acompañada de la prima menor de su novio, ya que la familia paterna de él provenía de Madrid, y gracias a eso lo había conocido. Felipe la había escuchado en un bar hablar de la ciudad y no pudo evitar acercarse a conversar, porque a pesar de que se había criado toda su vida en América, la capital española lo cautivaba, tal como lo hizo la mexicana con su sonrisa sarcástica y mirada intensa.

Al llegar a la discoteca habían buscado una mesa para sentarse a beber algo y luego lanzarse a la pista, que estaba bastante llena para ser un día de semana y los gritos de los que estaban ahí les llamó la atención, pero ni siquiera quisieron investigar mientras pedían la primera bebida de la velada. Luego del brindis inicial y de una conversación breve y relajada, la chica se fue al baño mientras Lucrecia se quedó sola observando todo con atención. El lugar era tan distinto al Barceló que eso la hizo relajarse aún más y con esa sensación se centró en beber lentamente su copa, viendo a los demás bailar la música electrónica que no dejaba de sonar, hasta que de pronto la muchedumbre se dispersó un poco y pudo ver que una chica bailaba en el centro de la pista atrayendo la atención de todos que no dejaban de mirarla y celebrarle su danza.

Lucrecia rodó los ojos y trató de mirar su móvil mientras esperaba el regreso de su acompañante, sin embargo un nuevo alarido de los asistentes le hizo levantar la vista y gracias a un cambio de luces pudo observar más detenidamente a la chica que bailaba sin parar. Ese perfil y el pelo rubio suelto, a pesar de la luz azulina que la bañaba, le hizo recordar al de su antigua amiga.

Se rió de sí misma creyendo que estaba inventándose cosas o que estaba borracha sin siquiera haber bebido alcohol, pero volvió a enfocar la vista y cada facción, cada movimiento le hacía recordar más y más a Carla, así que sin tomarse más tiempo se puso de pie y se acercó a la pista. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, ya no le quedaron dudas.

-¡Carla!- la llamó para obtener la última prueba, que su amiga del pasado la mirara y saludara.

Sin embargo, la rubia ni siquiera la escuchó ni reparó en su presencia, seguía perdida en su mundo, con el corazón bombeándole con fuerzas, con la piel percibiendo cada roce del aire, escuchando cada sonido y disfrutando de la vibración de la música que se colaba por todos sus sentidos.

Veía, escuchaba y sentía todo elevado a mil, por eso las caras que estaban a su alrededor se veían entremezcladas, razón por la cual no fijaba su mirada en nada ni nadie.

De pronto en su estado de euforia sintió como alguien le tocaba el brazo. Carla estaba segura que era el chico que le había conseguido aquellas pastillas que la habían llevado al cielo y se intentó colocar lo más sería que pudo mientras se preparaba para apartarlo de su vista y decirle que la dejara en paz, aunque recordó lo bien que se sentía el sexo en ese estado, y la idea de que tal vez hacerlo con él en esas condiciones podría ser muy provechoso, así que sonrió para mirarlo.

Cuando sus ojos se encontraron con quien la había tocado se quedó paralizada. La imagen de ahí no era ese chico guapo que la había abordado en el bar de su hotel, sino de una chica, una que recordaba muy bien y rápidamente comenzó a reír a carcajadas.

El hilo rojoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora