"Sin perder ni un segundo"

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-Samuel...- susurró Carla mientras se volteaba en sus brazos para quedar frente a frente, muy pegados el uno con el otro.

-Carla....- la imitó él y no duraron ni un segundo mirándose a los ojos, porque esta vez los recuerdos y el deseo contenido fueron más poderosos y los llevó a besarse nuevamente, esta vez sin delicadeza ni decoro.

Ese beso detuvo el tiempo a su alrededor, se mantuvieron conectados compartiendo el mismo aire, sintiendo como sus latidos acelerados bombeaban la sangre que corría a través de sus cuerpos. Se besaron sin pausas, pero tampoco con prisa.

Las manos de Carla se aferraron a la camisa de Samuel, muy cerca del cuello y él la sostuvo de las mejillas, sin soltarse ni un instante. Se besaban temiendo que el otro se alejara, que se esfumara como un sueño, y que al abrir los ojos se encontrarían una vez más solos, como lo habían estado por los últimos años, acompañados de otros, pero sintiéndose más solos que nunca. Por eso se saboreaban con locura, sin ganas de perder ni un segundo, pero no era suficiente, ese beso intenso, desesperado y embriagador no los satisfacía, sólo incrementaba las ganas de ir más allá, de obtener todo lo humanamente posible, incluso más.

Se necesitaban, en ese momento sólo eso les bastaba para vivir y por esa misma razón no iban a soltarse, así que Samuel la hizo retroceder lentamente...

...uno, dos, tres pasos...

Los suficientes para llegar al lado de aquel viejo sofá y cuando las piernas de Carla tocaron el mueble detuvo el beso y despegó sus labios, provocando que Samuel emitiera un bufido casi imperceptible que la hizo sonreír.

Él temía que al soltarse la cordura volviera, que su razón empezara a funcionar y así comenzó a suceder. Abrió los ojos sabiendo que tendrían que separarse, recomponerse e ir a ese almuerzo que tenían pendiente, pero al conectar sus miradas una vez más, le bastó un instante para perderse en esas pupilas dilatadas que apenas le dejaban ver el verde de sus ojos, sin contar con la imagen de sus labios hinchados y rojos que se curvaban en una sonrisa traviesa, para lanzarse una vez más a besarla, esta vez con más ahínco, haciendo que ambos cayeran sobre el sofá.

Él sobre ella, la pasión estaba desbordada, Samuel comenzó a bajar sus besos por el mentón hasta llegar al cuello de Carla y lo recorrió sin contemplación, sin importar si le dejaba una marca o no, mientras ella se mordía el labio a la vez que sus manos se adentraban en la camisa de él e intentaba levantarla. El escalofrío que recorrió a Samuel lo hizo detenerse un par de segundos al sentir esas uñas largas y perfectas rasguñar con delicadeza su piel de la espalda, y se levantó solo lo suficiente para arrojar su corbata y camisa tan lejos como pudo.

La sonrisa de Carla al verlo hacer eso, con una mezcla de diversión y lujuria, hizo que Samuel le acariciara el rostro, para asegurarse que estaba ahí, que la tenía bajo su cuerpo dispuesta a entregarse una vez más a él.

-¿Estas segura de esto?- se atrevió a preguntarle.

Debía escuchar su respuesta, necesitaba esa confirmación para aceptar que todo era cierto y no un juego macabro de su subconsciente.

-Samuel....- pronunció Carla en respuesta sosteniéndolo del cuello para atraerlo a su boca.

No pudo escuchar el sí que quería, pero el beso que recibió fue más claro que esas dos letras. Carla no se quedó quieta, lo besó con locura, usó su lengua para recorrerlo y pelear con la de él sin ningún cuidado, mientras sus piernas se enredaron en las caderas de Samuel para sentirlo presionar justo en su centro, como anticipación a lo que llevaba deseando por meses.

Entre besos y caricias se comenzaron a friccionar el uno contra el otro, en una danza de embestidas placenteras sobre la ropa que los estaba llevando al borde del abismo. Las respiraciones agitadas y los gemidos que se les escapaban fueron el impulso para avanzar al siguiente paso. Se comenzaron a desnudar una prenda a la vez, él le quitó el suéter, ella el cinturón, él mismo se sacó el pantalón y luego hizo lo mismo con los de ella, y ambos se quedaron así, solo en ropa interior.

El hilo rojoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora