Capítulo VII

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Un fuerte dolor en mi mejilla me obligó a abrir los ojos y al hacerlo, me di cuenta de que la causante de ese dolor, era Zach. Tenía su pie en mi cara y la otra mitad de su cuerpo casi en el suelo ¿Cómo un ser humano puede dormir de esa forma? En fin… ya se me había ido el sueño por completo, así que opté por bajar al primer piso y salir a tomar el aire, pero no sin antes poner a Zach en una posición medianamente decente para dormir.

-¡Listo!- dije triunfante al acostarla en la cama-.

Bajé las escaleras y abrí la puerta principal.

-Que buen día- levanté ambos brazos estirando todo mi cuerpo- aunque hace un poco de frío.

Me senté en una de las sillas de la entrada y contemplé la maravillosa vista ante mí. Los árboles, las montañas que se podían divisar más haya, los pájaros danzando en el aire… era simplemente perfecto. Si por mí fuera, me quedaría aquí para siempre.

-Buenos días- me sorprendió Mark sentándose a mi lado-.

-¡Dios!

-No, soy Mark- sonrió-.

-Lo siento, es que estaba algo distraída.

-Bonita vista- miró al frente-.

-Sí que lo es, me gusta mucho venir aquí por esto.

Nos quedamos en silencio durante un buen rato contemplando el paisaje, pero de un momento a otro, Mark se levantó y se puso delante de mí colocando su abrigo en mi espalda.

-Hace un poco de frío ¿no?

Levanté la vista y me quedé perpleja sin saber que decir. Él, por el contrario, se agachó frente a mí y me sonrió.

-Me gusta ver esa expresión en ti de… ¿y ahora qué hago? es divertido.

-¿Te gusta torturar a los demás?- pregunté intentando calmar los latidos de mi corazón-.

-No, solo a ti- sonrió de nuevo-.

-¿Puedo hacerte una pregunta?- respiré hondo-.

-Claro.

-¿Qué responderías si te digo que no confío en los chicos?

-¿Los conoces a todos para poder afirmar algo así?- habló de inmediato sin pensarlo-.

-No, pero los pocos que conozco, me han hecho plantearme envejecer sola con cincuenta gatos.

-Jajaja ¿de verdad?

-Sí, pero no me malinterpretes, sé que no todos los chicos son iguales…

-¿Pero?- dijo sentándose de nuevo a mi lado-.

-Pero si tenéis los mismo instintos. Verás, no culpo del todo al hombre por ser infiel, es su naturaleza, pero si nos culpo a nosotras de no aprender que eso es así. Siempre queremos al príncipe azul que nos pintan en las películas, pero lo que no terminamos de entender es que son eso, solo personajes de ficción que un actor interpreta en una película. Los hombres cuando engañan, dicen que no sabían lo que hacían y que a la única mujer que aman es a la que engañaron. Bueno… puede que eso sea verdad, no digo que no, pero siempre termina por dolernos y no conseguimos entender ese “supuesto” amor que nos tienen. Con todo esto, no quiero insinuar que los hombres son los únicos infieles, las mujeres también lo somos, pero es más raro que algo así suceda en nosotras. Por ello creo que todos los hombres son iguales e intento alejarme lo más que pueda de ellos.

La cara de Mark era muy graciosa. Se quedó realmente sorprendido y no dijo ni una sola palabra durante un buen rato.

-Solo se me ocurre una respuesta a lo que acabas de decir- habló recuperando la cordura- al haber mujeres infieles, también pueden haber hombres fieles ¿no?

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