Capítulo 5

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Lucas Arnett

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Lucas Arnett

Al fin llegamos al partido de la noche. Samantha bajó con rapidez del auto de Bruc para poder reunirse con Nathan, dijo que le iba a desear buena suerte y desde luego que todos sabemos a qué se refería. Bruc, Maya y yo buscamos buenos lugares para tener la mejor vista del partido. Cuando los encontramos, Maya y yo decidimos ir por unas botanas antes de que comenzara el juego. Bruc se quedó sentado apartando los lugares y charlando con un par más de personas.

—Vi un puesto ambulante por el estacionamiento. Si quieres...

—Ven —Maya jaló de mi brazo y me llevó al lado contrario del estacionamiento.

El lugar en el que nos encontrábamos justo ahora no era muy poblado y estaba alejado de todas las personas estaban concentradas en comprar alimentos para el partido. Maya soltó mi brazo y me miró a los ojos, yo fruncí mi ceño confundido, ella respiró hondo y se mordió el labio inferior, nerviosa. Parecía que no encontraba la manera de hablar. Me limité a observarla hasta que ella soltó el aire de sus pulmones.

—Me gustas —Su mirada café estaba fija en la mía y sus ojos estaban brillando de anhelo—. No te pido que seas mi novio porque sé que solo llevamos semanas de conocernos. Sólo era algo que tenía que confesarte porque en serio, en serio me gustas. Eres muy inteligente, amable, divertido y me encanta tu personalidad.

Me quedé estupefacto por la confesión de Maya. ¿Le gusto? ¿En serio le gusto? La verdad era que Maya también me gustaba, es encantadora, leal e inteligente. Sin contar que también es muy hermosa y su tono de piel es bellísimo. Me acerqué a ella para tomarla de la mejilla y pude sentir cómo se tensó por mi acción. Mi rostro se inclinó lo suficiente para quedar a centímetros del suyo. Fue entonces que sus ojos se posaron en mis labios y los míos en los suyos. Sin más rodeos, ella tomó la iniciativa y juntó sus labios con los míos. Su labial sabor vainilla se embarraba en mis labios cada vez que los movía. Era un beso suave que a cada segundo se intensificaba. Maya rodeó sus brazos en mi cuello y yo tomé su cintura para profundizar más ese beso tan espectacular.

Demonios. ¿Cuánto tiempo tenía que no besaba a una chica? ¿Un año? ¿Dos tal vez? No tenía idea, pero Maya besaba increíblemente genial. Maya sonrió y rio al mismo tiempo. Parecía que estaba avergonzada y los nervios seguían pegándole en contra. Bajó los talones al suelo y quitó sus brazos de mi cuello.

—Deberíamos ir por las botanas antes de que se acaben.

Encontramos el puesto ambulante que había visto en el estacionamiento y nos formamos detrás de una chica de cabello negro y de baja estatura. Maya tenía su brazo izquierdo entrelazado con mi brazo derecho y mantenía una gran sonrisa en su rostro.

—No puedo creer que me besaras.

—Prácticamente tú lo hiciste —respondí—. Yo solo me acerqué a ti.

—¿O sea que es mi culpa que casi me comieras? —contestó Maya haciéndose la ofendida.

Reí mientras negaba con la cabeza y ella rio conmigo. Al fin llegó nuestro turno para ordenar y pedimos unas palomitas grandes acarameladas y dos refrescos de naranja. La chica que nos atendió tenía una gorra verde con el logo del puesto ambulante en el frente. Su cabello negro estaba recogido en una coleta y su piel era pálida, no el pálido bueno, estaba demasiado blanca, casi como fantasma, y se notaba un poco cansada. Se dio la vuelta para servirnos las palomitas en el balde de cartón pero se le resbaló de las manos y cayó al suelo, cuando lo recogió y se levantó, su cuerpo empezó a tambalearse, como si alguien la hubiese empujado. Maya y yo compartimos miradas cómplices, entonces decidimos preguntar si la chica se encontraba bien a lo que ella afirmó.

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