Capítulo 11

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Hace once años

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Hace once años

La pequeña Nia se encontraba plenamente dormida envuelta en sus cobijas acogedoras. Había tenido un día muy agotador, pues además de asistir a la escuela, el resto del día estuvo jugando con su amiga Vanessa. Nia abrazaba un peluche de zorro que su padre le había regalado cuando cumplió cuatro años. Su sueño profundo fue interrumpido por un fuerte ruido en la planta baja de su hogar, pues se había escuchado cómo se rompía un jarrón. Por el fuerte ruido ella se exaltó y logró despertarse, abrió sus ojos y salió de su cama para poder revisar qué fue lo que provocó aquel estruendo. Cuando abrió la puerta de su habitación, pudo escuchar las voces de sus padres. Ninguno de los dos se escuchaba feliz. Ambos gritaban con desprecio y parecía que estaban increíblemente molestos con el otro. En especial su madre.

—¡Eres exagerada y dramática!

—¿¡Y si lo soy, qué!? Ya estoy harta, Roger... Ya me canse de tus excusas, de tus pretextos, de las altas horas a las que llegas de "trabajar". ¿Crees que soy idiota? ¿Crees que no sé lo que haces?

—¿De qué rayos estás hablando ahora?

—No te hagas el idiota conmigo... ¡Tú me engañas! ¡Quieres verme la cara de tonta!

—¿Yo te soy infiel? ¿En serio, Erie? ¿Crees que me acuesto con otras mujeres?

—¡No lo creo, sé que lo haces!

—Tus problemas de confianza no se han ido a pesar de los años ¿verdad, querida? ¡Sigues hundida en tu propia desconfianza y falta de amor propio que... El padre de Nia ya no terminó su frase debido a que Erie le había dado una cachetada con tal intensidad que de inmediato la mejilla del hombre se enrojeció.

—Deja de fingir. Por una vez, en tu patética vida, sé honesto conmigo.

—Esta patética vida la comparto contigo, querida. Si yo soy un patético, entonces tú y Nia son patéticas también.

Roger avanzó poco a poco hacia su esposa con aire enfadado y provocando que Erie se arrepintiera de inmediato por haberlo golpeado. Roger nunca le había propinado un golpe a Erie ni siquiera cuando eran novios, sin embargo, los comentarios al respecto nunca faltaron. Roger amenazaba de vez en cuando a Erie con golpearla si continuaba siendo tan exagerada y dramática como él decía que era. De pronto Erie ya no tenía a dónde correr. Su espalda había chocado contra la pared de la cocina y entonces el hombre logró acorralarla. La boca de Roger se acercó al oído de Erie y susurró con coraje:

—Sí. Tengo a mil mujeres hermosas detrás de mí y adivina qué, mi amor. Ya me acosté con por lo menos la mitad, y no me arrepiento de nada.

Los ojos grises de Roger penetraban el alma de Erie como espinas. Esos mismos ojos que alguna vez la mujer llegó a adorar y por los cuales llegó a hacer cualquier locura con tal de tenerlos para ella. Esos ojos tan peculiares que flecharon a Erie que antes la miraban con deseo y que ahora no había nada más que furia. Erie no lo pudo evitar, fue como un instinto, así que escupió todo el desprecio que había generado por su esposo. Él desde luego no lo tomó bien y fue ahí cuando las amenazas se volvieron acciones. Fue un puñetazo tan fuerte que dejó inconsciente a Erie.

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