Capítulo 21

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Nia Relish

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Nia Relish

—¿Este no te gusta? Prácticamente es nuevo, nunca me lo he puesto. El rosa no es un color para mí.

—No soy fan del rosa.

—¡Mira! Tengo este —Vanessa me enseñó un vestido negro el cual tenía mangas cortas y la parte de abajo estaba algo ondulada—. Apuesto a que este sí te va a gustar. Está un poco arrugado, pero con una buena plancha queda como nuevo.

Vanessa caminó hacía su closet, lo abrió y desplegó una tabla la cual estaba forrada con tela. Colocó el vestido y conectó la plancha, le dio pequeños toquecitos para asegurarse de que la plancha estuviera lo suficientemente caliente y que el vestido quedara muy bien planchado. Mientras Vanessa planchaba el vestido yo observaba detenidamente las fotografías y posters que había pegados en las paredes del cuarto. Cualquiera creería que Vanessa escucha música clásica o pop en inglés por el tipo de persona que es y cómo trata a los demás, y no lo digo yo, lo dicen los estereotipos. Sin embargo, Vane es fanática del Heavy Metal. Su banda favorita es Judas Priest y el disco que más le gusta es Painkiller. Tiene mínimo cinco posters de esa sola banda y los tiene pegados como si fueran un collage arriba de su cama. Por encima de su collage escribió con letras mayúsculas y pintura negra con morado:

"ROB HALFORD LE ENSEÑÓ A LOS METALEROS A VESTIRSE. ÉL APRENDIÓ EN LOS BARES GAYS"

También tenía el poster de uno de los personajes de Harry Potter. Y no, no era el mismo Harry Potter. Si no me equivoco ese personaje se llama Cedric Diggory. Vanessa me hablaba de él como si fuera la última persona en el mundo y recuerdo mucho que lloraba cuando me decía que lo habían asesinado. La verdad no entiendo a las personas que lloran por gente que ni siquiera existe, para mí eso no es nada lógico; derraman lágrimas como si se tratara de una persona real y con pulso. Vanessa me regañó cuando le di mi opinión sobre eso, pues me dijo que yo debería entenderla, ya que me gusta mucho leer. Dijo que enamorarse de personajes ficticios era más de lectoras que de cualquier otra persona. Lamento informar que no es así para mí.

—¡Ya está! Pruébatelo.

—No estoy segura de que me quede.

—Cállate y ve a ponértelo.

Me encerré en el baño de su habitación y colgué el vestido en el tubo de la cortina de la regadera para que me pudiera quitar la ropa que traía. La doble y la coloqué en la tapa del inodoro. Las mangas del vestido me llegaban hasta los codos, el cuello era en forma de U y la falda del vestido me llegaba dos dedos arriba de las rodillas. Me miré al espejo detenidamente y me di cuenta de que las cicatrices de mis muñecas aún no se quitaban del todo. Necesitaría mucho maquillaje para poder esconderlas. Me revisé las piernas rezando mentalmente para que las marcas que alguna vez me hice en los muslos no siguieran ahí.

Gracias.

No había nada.

Acomodé mi negra cabellera y seguí mirándome en el espejo. Me veía igual que aquella noche, la única diferencia era que mi vestido no era floreado y mi madre no me lo había regalado. Hubo una etapa en la que cuando mi cuerpo comenzó a desarrollarse, me incomodaba mucho que las personas me miraran. Sentía que me juzgaban con la mirada y a mí no me gustaba para nada sentir que mi pecho crecía. Pensé que si las apretaba con vendas dejarían de crecer. Creí que eso era lo que hacían las niñas de mi escuela que no tenían tanto pecho como las demás. Mi madre descubrió las vendas y me prohibió volver a usarlas. Me explicó que era normal y parte de crecer. Yo no quería crecer. Pero por obvias razones no podía detener la naturaleza que le dio Dios al ser humano.

Corazones de papelHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora