Capítulo 31

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22 de marzo de 2015

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22 de marzo de 2015

Lucas Arnett

El paisaje de regreso a Carolina del Sur era tranquilo y brillante. Autos pasar, gente caminando con su familia, otros paseando a sus mascotas y una que otra pareja de cita. Todo el mundo parecía tranquilo y sin pensamientos absurdos que los abrumasen. Me molestaba tanto que estuvieran así. Era incómodo. ¿Por qué yo no podía tener una vida así de normal y despreocupada? Lo único que recibía eran malas noticias con pésimas noticias.

—¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?

—Nada.

—Ese «nada» significa todo.

—¿Qué quieres que te diga? ¿Eh? ¿Qué estoy feliz? ¿Triste? ¿Enojado? No tengo idea, ni siquiera sé cómo me siento.

Mi padre no contestó. Al instante me sentí culpable por hablarle de ese modo.

—Perdóname, papá. No era mi intención sonar grosero.

—No hay problema —Se aseguró por el retrovisor si Alli seguía tan dormida como hace veinte minutos. Los viajes por carretera siempre hacen que Alli se duerma y no despierte hasta que el auto se detenga—. ¿Y bien?

—Tengo que decirle.

—¿Y cuándo piensas hacerlo? Ya te tardaste mucho.

—Lo sé —Seguí mirando a través de la ventana—. Es que debo encontrar el...

—Momento correcto —completó—. Sí, sí, ya sé. Solo espero que ese momento no llegue tarde, campeón. Porque no creo que quieras que lo descubra por sí sola.

—Además se me acaba el tiempo.

Mi padre me miró un segundo y regresó su vista al camino.

—Hijo, Nia es una mujer fuerte de corazón amable y empático. No existe otra persona en el mundo que te pueda comprender tan bien como ella. Si lo que tienes es miedo a su reacción, entonces no la conoces tan bien como crees.

—Ese es el problema, papá. Sí la conozco y sé que no lo va a soportar.

Actualmente

Nia Relish

Mis mejillas estaban empapadas de lágrimas. De pronto, la habitación se sintió pequeña y con falta de oxígeno. Un nudo increíblemente grande y grueso se presentó en mi garganta y mis manos temblaban más de lo normal. ¿Qué acabo de leer? Mi corazón no sabe qué más sentir que solo presión y dolor. Intenté mantener la respiración controlada incluso cuando giré para mirar a Lucas.

—Con esto y... —Dejó de hablar cuando vio lo que tenía en mis manos. Su sonrisa se borró y el rostro le cambió por completo—. Nia...

—¿Por qué no me dijiste que tienes cáncer? —El nudo de mi garganta apenas me dejaba hablar—. ¿Desde hace cuánto lo sabes? ¿Por qué no me lo dijiste?

—Tenías suficientes problemas. No quería agobiarte con los míos.

—Mentiste —Otra lágrima salió de mis ojos—. Dijiste que estabas en Michigan por el cumpleaños de tu abuela. No era cierto.

Su mirada se mantenía en el suelo. No me miraba a la cara.

—Lucas, tú... —Cerré los ojos para dejar salir mi cascada de lágrimas—. Te quedan dos meses de vida. Tu visita a Michigan fue el mes pasado. Solo te quedan dos meses. ¿Por qué no me dijiste nada?

Él alzó su mirada café y pude notar que sus ojos estaban repletos de lágrimas. Iba a llorar, pero se esforzaba por no hacerlo.

—No me mires así —dijo—. Tú no.

—Lucas...

—Ya sé que traicioné tu confianza, Nia. De verdad lo siento, pero, por favor, no me mires así.

—¿Así cómo?

—Con lástima.

—No te miro con lástima.

—Odio que la gente me mire con lástima —Secó las pocas lágrimas que apenas salían de sus ojos con el torso de su mano—. No quiero tu lástima. No quiero que me veas cómo alguien incapaz por culpa de este estúpido cáncer.

—Lucas...

—¿Es que no lo ves? Me mudé aquí para no tener que soportar esas malditas miradas otra vez. ¿Recuerdas que te prometí no decir lo tuyo porque sabía lo que se sentía que alguien dijera tu mayor secreto?

Asentí

—Pues eso me ocurrió a mí. Alguien que creí que era mi mejor amigo me traicionó y le dijo todo a todos —Las lágrimas en sus ojos volvían a salir, pero él intentaba no derramar ninguna—. Cuando mi madre murió, todos nos trataban diferente hasta que por fin lo dejaron en el olvido. Después, seguí yo ¡con este maldito cáncer! Me veían diferente, todos lo hacían, ya nadie me invitaba a nada. Con su falsa modestia e hipocresía conmigo. Todo por ser el chico al que se le murió su mamá y que ahora le detectaron cáncer a sus dieciséis años. Mi doctor dijo que en cualquier momento podría estar y de repente ya no, ¿por qué crees que me gusta vivir las cosas en el momento? Creíste que lo decía porque era un hippie, ¿o qué? No se supone que debías saberlo así —Su voz se quebró—. No encontré un buen momento para decirte. Estabas tan feliz que... Yo... —Sollozó y volvió a bajar la cabeza—. Nadie sabe. No se lo he dicho a nadie. Solo tú lo sabes ahora.

Verlo tan destrozado me hacía sentir terriblemente mal. Yo lloraba con él, compartía su dolor. Se esforzaba tanto por verse bien para los demás y para mostrar siempre una sonrisa, pero en realidad era una copa de vino con varias grietas que intentaba cubrir con una cinta aparentemente buena. ¿Y es que cuántas personas así existen en el mundo? Estamos tan concentrados en nosotros mismos y en nuestros problemas que nunca nos damos cuenta de cómo está aquella persona que amamos con la vida. Es muy fácil sonreír, pero muy difícil sentirlo. El corazón se me hacía pequeño con cada lágrima que salía de mis ojos y con cada sollozo que Lucas soltaba. No tenía fuerzas para seguir hablando y él se negaba a mirarme a la cara.

—Perdón, pero no creo... No creo que pueda cumplir la promesa de estar contigo toda la vida —Me miró a los ojos fijamente y por fin se soltó en llanto—. No debí mentirte... Perdóname, en serio. Estabas tan feliz que no quise quitarte esa felicidad con lo mío.

Dejé las hojas de papel en la cama y salté el desastre del vaso roto para llegar hasta él. Levanté su rostro con mis manos y lo observé.

—Lo que te suceda me importa más que mi vida, Lucas. Me importas tú y solo tú. Me duele pensar lo que te pasará y tal vez tienes razón: esta no era la forma correcta para que me enterara, pero debía pasar de una u otra forma. Siempre decimos que buscamos el momento correcto para hacerlo, pero es solo porque no queremos aceptar la realidad de las cosas, así que las prolongamos —Limpié las lágrimas de Lucas con mis pulgares y acaricié sus mejillas—. En tan poco tiempo te convertiste en mi mundo entero, Lucas.

—Tengo miedo, Nia... —dijo entre sollozos.

Mi corazón se terminó de romper, así que me aferré a él como un ancla. Me correspondió y hundió su rostro lleno de tristeza y dolor en mi cuello. Sus lágrimas empapaban mi ropa y sus brazos eran como una garra que se aferraba.

—No quiero morir.

Él se fue. Él era mi mundo. Perdí mi mundo.

-Nia Relish-

Corazones de papelHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora