PRÓLOGO

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Tenía un dolor terrible en mi entrepierna. También tenía frío Tal vez era por el hecho de que no tengo nada puesto. El vestido floreado que me regaló mamá por mi cumpleaños estaba del otro lado de la habitación con manchas de sangre y rasgado. Mi ropa interior se la llevó el amigo de mi padre, dijo que era para no olvidar mi olor.

No comprendí.

No podía salir de ahí, ya que la puerta estaba cerrada por fuera. Me quedé veinte minutos sin nada de ropa hasta que mi padre entró a la habitación. En sus manos llevaba unos pantalones grises holgados y una playera mía junto con ropa interior. Dijo que debía darme una ducha rápida porque un amigo de su trabajo vendría a visitarnos. Y con visitarnos se refería a verme a mí en especial. Yo jamás entendí por qué a los amigos de mi padre les gustaba tanto verme y tocarme. Solo tenía seis años. No entendía.

Viví en casa de mi padre hasta los nueve años y sufrí las mismas visitas de sus amigos. Mi madre peleó por mi custodia durante mucho tiempo para poder quedarse conmigo y que metieran a papá a la cárcel. Al parecer era mala persona y siendo honesta siempre me incómodo estar con él. No me sentía segura. Pero era mi padre. ¿Cómo se supone que no me debía sentir segura con él? Llevo sus genes en mí, soy su hija. Pensaba que solo eran ideas locas sin sentido. Cuando mamá por fin ganó mi custodia, me llevó a mi antigua casa para que me sintiera en confianza, también me llevó a ver una doctora que se encargaría de ayudarme. Una terapeuta, dijo mamá. Ella quería que le contara cómo era mi vida cuando vivía con mi padre. Yo no quería decirle nada a una extraña. Papá siempre dijo que no debía decirle a nadie sobre lo que pasaba dentro de esa casa.

Princesa —Era como él me decía—, recuerda que no hay que hablar de esto con nadie o todos hablarán mal de ti, no tendrás amigos y las personas odiarán a tu madre. Nosotros no queremos que eso pase, ¿verdad?

No, papá...

Entre mejor te portes con ellos, vas a ir acumulando más estrellas doradas para que tu madre se dé cuenta de que te portas muy bien aquí —dijo después de pegar otra estrella dorada en la pizarra—. Y, Nia, es mejor que dejes tu cabello largo. A los chicos no nos gustan las chicas con cabello corto —Fueron sus últimas palabras después de que otro de sus amigos llegase.

Siempre pensé que mi mamá sabía lo que él hacía, pero después me di cuenta que no. Mamá se preocupaba mucho por mí cuando empezaron las pesadillas, no dormía y no quería ver a ningún hombre cerca de mí o en mi casa. El problema de esto era que mi madre tenía un nuevo novio que con el tiempo se convirtió en su esposo y el padre de mi medio hermano. El esposo de mamá jamás fue malo con ella o conmigo, siempre intentaba sacarnos una sonrisa y hacernos sentir seguras, pero simplemente no me agradaba su presencia. Que se paseara por mi hogar libremente, que durmiera con mi mamá o que intentara llamarme hija.

Lo odiaba.

Mi terapeuta decía que era a causa de los traumas que se quedaron en mí por culpa de mi padre. Empecé a tener ataques de ansiedad y cada vez que cerraba los ojos escuchaba las risas de los amigos de papá. Esa sensación de impotencia nunca me dejó en paz. Sufrir de abuso sexual durante tres años no es nada fácil de superar. Eso es lo que todos me decían. Por supuesto que cuando conocí a Nora todo fue diferente. Recuerdo a la perfección la primera vez que inhale coca, se sintió increíble. Ya no tenía miedo, ya no había más pesadillas, no le temía a nada ni nadie. Ya no me sentía insegura.

Tal vez podría volver a ser feliz si es que alguna vez lo fui.

Toda adicción empieza por dolor y termina con dolor.



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