Bailemos un blues

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Nos encontramos en el mismo andén. Esperábamos el tren, era mi primera vez en él. Mis padres me habían castigado por chocar el auto, así que para que "valorara" lo que tenía me mandaron en democrático metro. Supongo que viste lo nervioso que estaba así que me sonreíste tranquilizadoramente. He de decirte que fuiste un ángel en toda la extensión de la palabra. No sólo parecías uno, con tu cabello dorado y tus iris azules, con tus amables modales y con tu tranquilidad. Me inspiraste tanta confianza que te pregunté cómo llegar mi estación. Subimos juntos al vagón cuando el tren llegó. Nos sentamos juntos y me señalaste el cartel en la parte superior de la puerta del vagón, y me indicaste la estación.

—¿Cómo te llamas? —te pregunté.

—Steve —me dijiste—. ¿Y tú?

—Tony—Te respondí.

—¿Vas a la "Academia María Stark"?

Asentí. Supongo que era más que obvio mi uniforme de niño rico.

—¿Tú?

—A la preparatoria local. ¿Por qué tomas el metro?

—Mis padres me castigaron.

—¿Sabes llegar a tu escuela desde la estación del metro?

Negué. Ya me veía preguntando, y si no, siguiendo las instrucciones de la aplicación de mi teléfono.

—Tengo tiempo, si quieres te acompaño—propusiste.

—¿En serio? —te dije ilusionado.

Asentiste.

—Después de todo, sólo está a una estación de mi escuela—aseguraste.

Te lo agradecí tanto. Nos bajamos juntos y caminamos hasta las puertas de mi escuela. Ahí te despediste y echaste a correr calle arriba, supuse que tu tiempo se había acabado.

Se repitió al día siguiente, y los siguientes. Y si llegaba temprano, te esperaba en el andén, y si llegaba tarde, me esperabas tú. Subíamos al vagón y hablábamos de tantas tonterías mientras llegaba a mi estación. A veces, cuando tenías tiempo, me acompañabas a mi academia y a veces, cuando yo tenía tiempo después de clases, subía al metro recorría la estación que faltaba y me quedaba en el andén esperando poder verte. Cuando descubriste eso, comenzamos a regresar juntos también.

Cuando estábamos muy cansados, nos quedábamos en silencio. Tú me mirabas y yo sin saber que entre tú y yo había más que sinfonía te sonreía. Y mi corazón día a día latía más y más fuerte ante la expectativa de verte, de escucharte.

—¿Y sí vamos a comer después de la escuela? —te pregunté un día y aceptaste.

Fuimos por una hamburguesa y una malteada al día siguiente. Pronto se convirtió en parte de nuestra rutina. Aunque no siempre eran hamburguesas, nos encontrábamos cada tarde en el mismo lugar después de la escuela. Pero iba yo más guapo cada día, al menos eso pretendía. Mis amigos me veían raro cuando corría al baño a peinarme y a arreglar mi uniforme. Se sorprendían de que, aun cuando me levantaron el castigo, yo seguía usando el metro para volver a casa.

Tú usabas el mismo jersey de tu escuela, el del equipo de fútbol americano.

—Escuché que tienen un buen equipo de fútbol —dije —. Dicen que su quarterback los llevará al triunfo estatal.

—¿En serio?

Asentí.

—Pero tendrán que pasar por encima del equipo de mi escuela —te dije.

Stony Series Vol. 4Donde viven las historias. Descúbrelo ahora