Extraños en la noche

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En el restaurante reinaba un ambiente a media luz, cálido, romántico, propicio. Su estilo antiguo revestido de madera de caoba y sus cortinas de terciopelo rojo, traía viejos recuerdos de una época diferente, acentuados por la música de la banda que tocaba en el escenario con trajes amplios y sombreros fedora en la cabeza y, quizás, un cigarrillo entre los labios.

Steve y Tony estaban sentados en una mesa alejada del resto, con vista privilegiada a la pista de baile y a la distancia ideal para escuchar a la banda tocar con claridad, y poder charlar entre ellos sin tener que gritar. Sobre el mantel blanco de la mesa brillaban lánguidamente los bordes de sus copas de vino tinto a medio acabar y en los platos blancos sólo quedaban las sobras de su deliciosa cena. Su mesero se acercó y retiró los platos, luego, rellenó las copas de vino y prometió no tardar con la mesa de postres.

Mientras esperaban, la banda comenzó una nueva canción. Steve cerró los ojos y siguió el compás de la música con pequeños movimientos de su cabeza. Tony le miró con curiosidad, no le sorprendía para nada que a Steve le gustara una canción vieja, pero, en esa ocasión parecía disfrutarla especialmente; lo delataba la pequeña sonrisa que curvaba sus labios.

—Amo esta canción —dijo Steve, al tiempo que volvía a abrir los ojos y los fijaba en su esposo del otro la de mesa.

Tony frunció el ceño y sacudió la cabeza.

—Pero si es muy aburrida —dijo al tomar la copa de vino entre sus dedos—, y vieja. No me sorprende que te guste tanto, anciano —añadió aquello último lanzando una pequeña sonrisita cómplice.

Steve sonrió y fue su turno de negar con la cabeza.

—Mira quién lo dice —respondió y también tomó su copa —. Es una canción muy bella y famosa.

Tony le dio un pequeño sorbo a su copa y saboreó el vino en su boca antes de contestar.

—Lo sé y no digo que esté mal, pero no me gusta mucho —aseguró encogiéndose de hombros —. Faltan las guitarras, un buen riff siempre se agradece.

Tony dejó la copa sobre la mesa para, con mímica, imitar a un guitarrista en medio de un solo. Steve rió suavemente. Sin duda, el tiempo entre ellos se hacía patente una vez más; lo cual, como los años que habían compartido juntos habían demostrado, no importaba nada.

—Demasiado lenta para mí —continuó Tony cuando terminó su imitación.

—Es hermosa, Tony —dijo Steve —. Escucha la voz de Sinatra, la letra de la canción. Es perfecta.

Tony no estaba muy seguro de ello, y arrugó la nariz.

—Además es una canción muy importante —sentenció Steve irguiéndose un poco más en su silla.

—¿Por qué? —Espetó Tony levantando una ceja.

—Recuerdo que sonaba esta canción el día que nos conocimos... ¡hace cuarenta años!

El semblante de Tony se dulcificó de inmediato. Ahora que su esposo lo mencionaba... podía recordarlo.

El Capitán América se había perdido por mucho tiempo en gélidas aguas, y cuando lo encontraron estaba embebido en un fragmento de hielo. Tony no había tenido mucha esperanza de que estuviera vivo, pero tras las primeras horas de descongelamiento él y los vengadores a su lado, descubrieron que Steve tenía pulso. Para crear un ambiente más propicio para el Capitán, Avispa había propuesto que le pusieran música de su época. Así que pusieron música que consideraron algo anticuada, pero erraron un par de veces y entre algunas canciones de los 40's  se colaron algunas de décadas más recientes que el Capitán no había vivido. Strangers in de night fue una de ellas.

Stony Series Vol. 4Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora