Las donas asesinas:

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Dos meses después:

Las firmas de libros en ferias de barrios suelen ser tan aburridas que termino embriagada con el ron más barato del mercado y con todas las ganas de dormir al otro día hasta que el cuerpo me lo pida. Por eso supe que esta también sería un coñazo.

Lo único diferente aquí es la cantidad de personas que vinieron a adquirir mi más reciente publicación. Ni siquiera cuando salió la primera parte de Noche en Estocolmo la gente se aglutinó tanto como hoy. No tenía muchas esperanzas con esta obra y es la que pondrá el plato de comida en mi mesa durante las próximas semanas.

El sexo llegó a vender más de lo que se esperaba. Hay sucursales en distintos países que piden más libros porque los compran como pan caliente y a solo un mes de la publicación, ya se conversa sobre una segunda edición. Cadenas de televisión han llamado para pedir entrevistas y en las redes sociales no se habla de otra cosa que no sea mi nueva historia.

Con M de mojada se convirtió ─o se convertirá─ en mi sello por el resto de la vida. Millones de adolescentes leerán mi historia y se según Freddy hay directores de cine interesados en hacer una película con guion escrito por mí. Debería dar saltos de felicidad, el sueño de mi infancia se cumple y cada vez estoy más cerca de volverme una escritora de renombre.

Pero hay un problema. Uno de cuatro letras que es capaz de hacer caer más barreras que una grúa. Uno tan grande como una catedral. Uno que de solo mentarlo consigue poner los pelos de mi nuca en punta.

Sexo.

¡Sexo, sexo y más sexo!

Nadie habla sobre el conflicto central de la trama, sobre cómo Gael trata a Paloma o sobre el acoso en general. Todos están muy centrados en el momento en la que ambos follan en el ascensor, en los lavados, en el bus, en la terraza, en la cena de lujo, en el yate privado y hasta en la sórdida parte en la que Paloma masturba a su jefe mientras este habla por teléfono con su mejor amigo. ¡¿Es que se puede llegar a estar más enfermo que las adolescentes actuales?! No entiendo qué le ven de placentero a exhibirse en público, ni a follar como conejos.

Vale, me gustó hacerlo aquella noche que empecé a escribir el libro y que también tenía que tocarme cada vez que una escena erótica salía de mi cabeza, pero todo tiene su límite y estas generaciones se están pasando mucho.

─Menuda faena. ─Oír la voz de Freddy es lo último que me apetece en este minuto─. Hemos vendido tantos libros que siento que la próxima vez que lea tu historia será bajo el sello de la Netflix.

─Claro, lo que sea ─susurro en mi intento olímpico por no mandarlo a la mierda.

─¿Te apetece ir a celebrar tu triunfo hoy? ─añade el hombre más insistente en la faz de la tierra.

─No ─digo─, estoy sentada en esta silla desde las nueve de la mañana, no voy al baño hace horas y en mi estómago retumba el carnaval de Barranquilla.

─Siempre podemos ir a comer ─continúa mi insistente editor.

─Freddy, no significa no. ─Me gustaría dejar de ser borde con la gente, pero los tocapelotas están distribuidos estratégicamente para encontrarme, al menos, uno al día─. ¿A qué hora me necesitan mañana en la editorial?

ConcupiscenciaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora