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Todavía me cuesta creer que una semana se pase tan lento cuando tienes que trabajar en dos proyectos. Ahora comprendo a los obreros y su afición a estar borracho después de su jornada laboral. Yo también lo necesité en varias oportunidades después de que Pablo se fuera.
Me pasé aquella noche de la piedra en el riñón en el inodoro con gritos como los de una mujer de parto y lo más vergonzoso era que sabía que él estaba afuera, a la espera de que me sintiera mejor. El médico dijo que la piedra estaba a punto, pero nunca pensé que tan a punto. Confieso que luego de echar aquello ─que más que piedra parecía yunque─ me sentí tan aliviada que me estuve sentada en la taza durante unos quince minutos. Fue como parir, no sabía si tirar de la cadena o darle un nombre. Un rato después me pude enderezar con mucho alivio, la gloria divina fue. Pablo y yo nos pusimos de acuerdo para el trabajo, creo que ese fue mi mayor error.
Llegaba puntual a mi departamento a las siete de la mañana con una cara tan fresca como una lechuga y con un café en mano. En más de una oportunidad ─en seis para ser exacta─ lo recibí con el camisón de dormir o la bata de franelas, lo que tuviera ese día. Él pasaba sin pedir permiso como perro por su casa, se adueñaba de mi cocina y me enviaba a la ducha porque ─cito textualmente─ olía a recién levantada.
Luego de eso no sentábamos a trabajar sin descanso en el sofá de mi casa hasta las doce del mediodía. A esa hora es que desayuno yo y en esta última semana se convirtió en mi momento de receso para almorzar. Pablo no me dejó tomar ninguna de mis pizzas congeladas, siempre ordenó comida a domicilio de un restaurante cerca de su departamento. La comida era buena, pero cuando llevas dos días ingiriendo alcachofas hervidas, coles de Bruselas y salchichas veganas, el estómago comienza a pedir a gritos otra cosa.
Después de un almuerzo cargado de las bromas del coautor sobre mi forma de comer las salchichas, reposábamos. Él llamaba a su madre al pueblo y se tardaba minutos en saber de ella. Luego todo tenía el mismo inicio que en la mañana hasta las cuatro de la tarde que se despedía de mí con un beso en el cuello que en más de una oportunidad me dejó atacada.
Tras su partida, el verdadero desafío tenía su inicio. El lunes, Dante Marchetti me llamó a mi celular casi a las diez de la noche para decirme que necesitaba más capítulos de la historia porque era muy buen material. Le dije que le tendría cuatro para ayer y lo cumplí, pero me costó sangre, sudor y lágrimas, sobre todo lágrimas porque cuando miraba el reloj y veía que casi era la media noche me quería morir.
Por suerte todo salió perfecto y pensé que al menos el fin de semana sería mi tan merecido descanso. ¡Ni de coña! El susodicho me citó para una cafetería del supermercado que más lejos me queda de casa. Vine una vez aquí por unas rebajas y fue todo un Cristo ya que las mujeres de esta zona realmente saben pegar.
El joven camarero que me atiende tiene toda la pinta de ser un universitario, el típico deportista orgásmico que trabaja en esto de medio tiempo y quiere que le pague por otra malteada de helado. Supongo que lo hace sentir un galán que una chica como yo lo vea. Si supiera que solo lo miro porque lo estoy dibujando en esta servilleta que me puso con el batido dejaría de guiñarme un ojo cada vez que alzo los míos.
Mi padre me enseñó a dibujar cuando era chiquita. Quería ser un pintor de renombre, pero no era ni millonario ni talentoso al extremo de rayar con lo Picasso, solo un hombre que era excelente para retratar con pinceles lo que sentían los demás. De él aprendí lo básico de la pintura al igual que Olga, aunque yo destacaba más y eso hasta la yaya lo decía. Para que la pesada de Olga no se sintiera mal por mi talento nato para la pintura, mamá le decía que era arte y ella se lo creyó. En una de las últimas discusiones que tuvimos utilicé la frase en su contra.
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Concupiscencia
Romanzi rosa / ChickLitSi me vas a provocar, que sea con la perversa intención de complacerme. Olivia Castro, sabe que odia el sexo más que a nada en el mundo; le da tanto asco que con solo pensarlo su estómago se revuelve. Sin embargo, para alguien que vive de la litera...
