Con la caída de Chernóbil, se han liberado los demonios de la organización científica más influyente de origen asiático: NEXODUS. Ahora, estos muertos en vida corren como herederos de una genética antinatural y una longevidad maldita en un mundo des...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
CAPÍTULO VEINTE
Ubicación: Isla de Alcatraz, Dunkerque
Leon Blackwell suele sufrir algunas veces de insomnio y debido a esto no logra conciliar el sueño la mayoría del tiempo, especialmente al finiquitar un trabajo de campo. La misión en China no es un fracaso; obtuvieron información muy valiosa. Como por ejemplo, una debilidad. Gran parte de los humanos que financian su causa no están siendo protegidos por los Superiores renegados, y si no hay protección, la lealtad desaparece.
Después de buscar, traer y dejar a Hazard en su habitación, Leon se encierra en la suya, se prepara té mientras escucha la música clásica de su tocadiscos. Es una melodía tranquilizante y se toma su tiempo colocando la tetera en la estufa.
Imagina escuchar un ruidito, pero luego lo ignora. Coloca la bolsita de té sobre la barata encimera y, lentamente, se retira del área de la cocina. Da algunos pasos antes de parar y quedarse en su sitio.
Con un suspiro, Leon dice: —Te dejé para que descansaras.
En efecto, el comandante tiene una visita. A su derecha, cerca de la puerta, se encuentra una Sydney Hazard completamente empapada, con un aspecto bastante deplorable y cuestionable. Húmedos mechones rojos caen a los lados de su rostro pálido, donde se dibuja una vacilante mueca.
—En diez minutos solo he dado vueltas en mi cuarto.
Blackwell chasquea la lengua.
—Eso hace este trabajo, acelerar tus sentidos aunque no estés en una misión.
—Por eso tú tampoco descansas, Leon. —Es una afirmación, no una pregunta.
—Soy viejo. Ya estoy tan... —El escocés se encoge de hombros con un toque melancólico—. Estoy tan acostumbrado. Tú eres demasiado joven, niña, no te acostumbres a esas manías.
—Algo me dice que tengo peores costumbres.
—Bueno... Como tu mentor, nunca es tarde para sermonearte —enfatiza el pelinegro, caminando hacia un sillón—. Ven, te daré una manta. Esa tormenta arrasó contigo.
Recibir atención en esas circunstancias de la persona que considera un amigo, disminuye la inquietud de Sydney, quien en todos esos años se ha vuelto lejana a esa familia que tanto ama. Le gusta descubrir que Deanna Smith no es su única compañera de confianza.
Acepta un té caliente como oferta para subirse la temperatura y Leon retorna a la cocina para poner una segunda taza y una segunda bolsita en la encimera. El silbido de la tetera anuncia que sus bebidas están listas para servirse.
Hazard saca la pistola que lleva en su pantalón desde los acontecimientos en China y la deja en una mesita ratonera. Desnuda torpemente sus pies, soltando con un ruido sordo las botas militares en un rincón. Logra desabrochar las correas de su pesado chaleco antibalas hasta quedarse en una simple camiseta negra que se adhiere a su estrecho torso. Las cortadas y hematomas están desapareciendo, aunque la sangre y la tierra es todo lo contrario. Tiene que ducharse pronto, más tarde quizás, pero ella necesita hablar con alguien. Está cansada de tragarse todo, así que se queda y se envuelve con la manta que le facilitó el comandante previamente.