Oswald Cobblepot

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Una guerra fría se había desatado en Gotham, Maroni y Falconi reclamaban el poder de Gotham, Maroni habiá atentado contra el auto de Falconi, en dónde la nieta de esté se encontraba.

Diane Falconi, deslumbraba a cualquiera, la nieta de Falconi no era nada más ni nada menos que el amor de la vida de Oswald, luego de haberle salvado el trasero con su abuelo, cierto pingüino se había enamorado perdidamente de la castaña y la menor parecía no darse cuenta.

No fue hasta que un día, Oswald llegó a la Mansión Falconi en donde Falconi y su nieta cuidaban de las gallinas, horas antes del accidente de la familia Falconi.

La castaña sonrió al verlo aproximarse mientras que su abuelo gruñó.

—Diane, ve adentro, esto es un tema de adutos. —gruñó Falconi, la castaña sin resoplar dejó la gallina en el piso alejándose de ahí.

—Oswald. —saludó Falconi.

—Don Falconi. —sonrió Oswald. —¿Y dónde está su encantadora nieta?

—¿Hablas de Diane? ¿La qué es seis años menor qué tú? ¿Hablas de esa Diane?

Y si, era seis años menor que Oswald, pero el mayor no pudo evitar enamorarse de la nieta de Falconi, fue simplemente algo inevitable.

—Sí, de esa misma Diane. —sonrió Oswald.

—Mi niña está adentro ¿Por qué?

—¿Podría llamarla?

—Umh, déjame pensarlo... no.

—Quisiera hablar con su nieta. —insistió Oswald.

—Oswald Cobblepot me caes muy bien, en serio, lo admito, pero no voy a permitir que te acerques a mi nieta, ya Fish intentó meterse con ella y terminó sin el ojo izquierdo.

—No es para hacerle daño.

—Para lo que sea, mi respuesta sigue siendo un no.

—¿Cómo va su guerra con Maroni?

—¿Es qué acaso eso te importa Oswald?

—Miré, Maroni le puede ganar y...

—¿Se te olvida quién soy Oswald? Yo controlo las calles de Gotham, ni Maroni, ni los Wayne, yo.

—Los Wayne técnicamente están muertos.

—Lo sé, pero ellos jamás manejaron las calles de Gotham.

—Le puedo ofrecer protección para su nieta ¿Qué le parece?

—¿Protección para Diane? La pequeña se puede proteger sola.

—Piénselo bien, si Maroni viene y ataca a Diane usted se volverá débil, perderá y Maroni ganará.

—Eso no va a suceder, lo que le hagan a esa niña no me interesa.

—¿Le interesan más sus estúpidas gallinas qué la propia Diane Falconi?

—Las gallinas son mis niñas, Diane es sólo un polvo fácil que tuvo mi hija con un multimillonario.

Oswald apretó su mandíbula ¿Quién hablaba así de su amor?

—¿Así que a usted no le importa su nieta?

—Sí me importa, pero no quiero que te la lleves Oswald.

—¿De qué habla? —cuestionó sintiendo cómo Don Falconi se acercaba a su suéter y estrujaba su micrófono.

Oh no.

—¿Crees qué no sé qué Maroni te envío, Oswald? ¿Crees qué no sé qué traías un micrófono? Ahora dale un saludo a Maroni, diciéndole todo lo que te he dicho, oh y ni se te ocurra acercarte a Diane, Oswald, estás advertido. —dijo y sin más volvió a la casa acariciando el cabello de su dulce nieta la cual tocaba el piano con los ojos cerrados.

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