Señora Denisse VIII

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Señora Denisse

Ayudé a Denisse a entrar a su casa una vez que nos bajamos del Uber. Había prometido que no la vería más y que ni siquiera entraría a su casa, pero no podía dejarla así cuando su hijo le dijo cosas tan malas.

Mí sangre aún hervía con ganas de golpear a Santiago. Porque yo había visto como lo trataba la señora Denisse a él, y ella era puro amor. Mí propio deseo de poder tener a mí madre, pero ya no tenerla, me ofendía mucho más con su actitud. Se notaba que Denisse amaba a Santiago y lo trataba como un verdadero hijo aunque fuera adoptado.

Diego me había terminado contando la historia de que la señora Denisse se había casado con un hombre algo más grande que ella y como él no podía tener hijos habían adoptado a Santiago cuando ya tenía casi siete años. Ella siempre lo había tratado como su hubiera salido de su vientre y aunque podría haber elegido un recién nacido, amo a Santiago a primera vista. Después de unos cuantos años de casada, su marido se divorcio de ella para casarse con otra mujer más joven.

Diego era amigo de Santiago desde la primaria y vió toda la historia. Ella había estado deprimida y solitaria, hasta que comenzó a escribir. Ella encontró su pasión y comenzó a arreglarse, ir al gimnasio y publicar sus libros.

Así se había convertido en una mujer independiente, tierna y sexy como el infierno.

Y eso me hizo pensar en lo otro que había dicho Santiago. Jamás había visto a su madre como una calienta pollas. Puede que ella calentará la mía, pero en realidad ella ni siquiera lo sabía y no hacía nada para provocarlo, sólo era mí mente sucia haciendo lo suyo.

La dejé sentada en su sofá una vez que estuvimos en la sala, ella seguía llorando un poco y ya no podía verla así. Me saque la mochila y me senté al lado suyo.

-¿Quieres un café o un té?- le pregunté mientras veía que se retorcía las manos.

-No, gracias- susurró para después reventar en sollozos de nuevo.

-Shh, Denisse. Me estás rompiendo el corazón-, dije para atraerla a mis brazos de nuevo y abrazarla.

Ella negó con la cabeza y quiso hablar, pero sólo salían quejidos de su boca. Yo la apreté más en mis brazos, odiando como mí polla comenzó a endurecerse al sentir sus tetas en mí pecho. Cerré mis ojos e intenté pensar en otra cosa, ya la fórmula de Pedro no me servía porque en lo único que podía pensar era en su cuerpo suave contra el mío. Su perfume de lavanda me estaba volviendo loco...

- Santiago es un imbécil, no creas nada de lo que dijo. Tú no eres nada de eso-, susurré mientras ella intentaba calmarse.

Ella separó su cara de mí pecho y alzó sus ojos almendrados brillosos por las lágrimas, mirándome profundamente.

-Es mí culpa...- susurró.

Yo negué con la cabeza de inmediato.

-No es tu culpa hermosa-. Tomé uno de los mechones de su cortó cabello y lo puse detrás de su pequeña oreja.

- Él me dijo que yo no fuera. P-pero... -ella apartó la mirada y sentí sus ganas de huir de la conversación.

-No tienes que explicarlo, Denisse. Él no puede estar prohibiéndote dónde puedes ir. Eres independiente y libre de hacer lo que quieras.

Ella me miró por debajo de sus pestañas y se mordió el labio. Mí pene agitándose al ver esa visión e hice todo lo que podía para que no se notará lo incómodo que podía estar por esto.

Denisse dudo mientras me miraba y finalmente habló cuando desvío su mirada a mí mentón.

-¿Tu... también crees que soy una calienta pollas?

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