Prefacio

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Diría que toda mi adolescencia y parte de mi vida temprana en la fase de adulto no apestaba lo suficiente para provocar arcadas.

Desde luego: estaba la mayor parte del tiempo en una conducta autodestructiva, desenfrenada y completamente hostil con mi cuerpo, con mi alma, con el mundo y con todo lo que existe en el orbe mortal.

Definitivamente, todo era un infierno.

Un infierno en la cabeza, en la piel, en los labios —secos, rotos, amargos de tanta caña y tanto humo— y en todos los sitios que bordeaban mi ya magullada armadura. Competir por ganar no es fácil cuando tienes, dentro de tu mente, a tantas personas con idiosincrasias napoleónicas, liberales, soñadoras y con fe.

El especialista me citó a las tres, pero sabía que tenía que estar ahí antes, quizá por la mentalidad que yo tenía que, a él, ver alrededor de mis ojos, mis pupilas dilatadas y mis dedos manchados por la nicotina de los cigarrillos, me atendería cuanto antes. O como esa sensación de haber llegado a un sitio de paz, donde todos los demonios se tranquilizan por arte de magia a cero y no podían dañarte. Eso era solo una suposición, era estupidez, era quizás una excusa de autoengaño. Salí de mi escueto apartamento, pequeño y desarreglado, lleno de discos, de polvo, de partituras llenas de más polvo...

Mis pasos eran sordos para quien no se atrevía siquiera a mirarme a la cara y sabía que estaba caminando porque las cosas a mi alrededor estaban en movimiento.

Relatividad.

Una parte de mí quería escapar de algo con lo cual todos nacemos: la muerte. Me perseguía de tanto en tanto en mis noches de ira hacia mí, inconsolable. En esas noches donde me dejaba fuera el corazón, donde los amigos no estaban, donde el dinero se convertía en el arma de doble filo para una garganta tan provocativa y débil como la mía. Para empezar a escribir

Yo, Ibrahim Cooper Donde viven las historias. Descúbrelo ahora