En un suburbio de Madrid, el doctor Martín Baduy ofrece una consulta psicológica. Ibrahim Cooper, su paciente estrella, presenta problemas de depresión y una actitud autodestructiva que Martín intenta detener a toda costa: es su llave que abrirá la...
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Cristopher tocó a mi puerta un sábado en la tarde. El sol estaba por ocultarse. Sus ojos estaban envueltos en unas ojeras un poco disimuladas, sus lentes de pasta para visión las ocultaban, pero hasta ahí. Llevaba una chamarra de cuadros de algodón, unos jeans y traía bolsas de lo que parecía ser comida china en las manos. No lo había visto en semanas, pero lucía más delgado.
—Vaya...—dijo con asombro. Tal vez era por mi estado físico. Estaba desaliñado y aún tenía dolores en el abdomen. —Pensé que no abrirías. Yo...—Dudó por un momento. Tal vez cavilaba entre entrar o simplemente marcharse como muchas otras veces lo había hecho. —Me pregunté si sería prudente venir a esta hora, porque pensé que estabas currando... Perdón por no avisarte.
—Va... pasa, hombre.
Cristopher pasó y caminó directo a la cocina a dejar las bolsas y luego se sentó en el pequeño mueblecito que daba a una de las esquinas de la mesa y yo en la otra. De regreso, traía consigo una cajetilla de cigarrillos y lo que parecía ser también unas cervezas de litro que yo tenía en la heladera. Sin mediar palabra alguna y, con astucia y gracia en sus toscas manos, tomó un cigarrillo y me lo dio. Acto seguido destapó la cerveza.
—Son de los que te gustan, tienen menta o lo que sea que les colocan. Y he notado que tenías este par de cervecillas... Hace tiempo que no me hecho unas cañas con un amigo. Espero no te moleste.
—Si...—Tomé el cigarrillo y aspiré para prenderlo. Me dolía un poco el abdomen, pero no podía decirle lo que había pasado. Aunque seguramente me entendería, pero no del todo. —En efecto son los que me gustan. Me dejan un poco más... ¿Relajado? Sí, eso.
—Y también he traído algo de comida.... Digo, si no es molestia para ti que podamos comer un par de cosas que traje...—Hizo un silencio muy prolongado. Me quedé observando a Cristopher. Su voz era distinta, su acento era un poco distinto. Me gustaba que me hablara en gallego, pero yo no le podía entender a veces. —Vamos, que Alí me lo ha contado todo. Bueno, parte. Tampoco es que le he dicho que me diga todo con lujo de detalle porque él no es que me tenga tanta confianza, pero... Pensé que no querías estar solo, flaquito.
—En eso tienes toda la razón, Cris... Yo pensé que se podía, pero no. —Suspiré, botando así el aire junto con el humo-. Estar solo me trae demasiados recuerdos, me trae dudas, mucho sueño, ganas de llorar e incluso de no volver a salir de este apartamento. Es algo monótono y cansino. Comienzo a fallar momentáneamente y eso la verdad no me agrada en lo absoluto. Es... Sofocante. Me agobia el solo pensar.
—Entonces, no lo hagas —dijo en tono muy serio—. Sé que... No soy el indicado para decirte qué hacer con esas emociones, pensamientos, ideas... Incluso me siento idiota diciéndote a ti que hagas una cosa u otra, pero es que...—Se mordió los labios y luego chasqueó la lengua—. Es que no puedo mirar al cielo sin sentirme culpable si no lo hago.