En un suburbio de Madrid, el doctor Martín Baduy ofrece una consulta psicológica. Ibrahim Cooper, su paciente estrella, presenta problemas de depresión y una actitud autodestructiva que Martín intenta detener a toda costa: es su llave que abrirá la...
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La claridad del día me abofeteó con una fuerza y dureza abismal para la cual, obviamente, no estaba ni acostumbrado ni mucho menos listo para recibirla ese día. Intenté tragar en un intento de corroborar que podía hacerlo, aclarar mi garganta y también para saber que estaba vivo, pero de inmediato un dolor enorme me hizo contraer de nuevo en la cama y ahogando un quejido de dolor. Recordé en ese momento cuando me recomendaron hacerme la cirugía de extirpación de las anginas, pero por imbécil y cobarde no lo hice.
De lejos, esta crisis podía convertirse en una nueva razón por la cual parar al hospital para inyectarme calmantes y pedir una semana de reposo.
Me olí las manos y parte de la boca y estaba completamente limpio: no tenía mal aliento a pesar de haber vomitado como un endemoniado y haber caído sobre el como si no importara nada más. Estaba con ropa limpia y reposaba en mi cama. Observé que la habitación no estaba como la había dejado. Eché para atrás la cabeza e hice un bufido de frustración. ¿Quién cojones había entrado a mi casa?
Comencé a repasar qué era lo que había hecho. Me incorporé y busqué en la mesita de noche la caja del vicio, como solía llamarla. En ella, bajo llave, acostumbraba a colocar dosis de emergencia de coca y alguno que otro porro. Conté los envoltorios y todo estaba completo. Revisé la basura del baño y no había condones o rastro alguno de haber tenido sexo en la casa.
—Es que... —dije para mí mismo—, es que no creo que sea posible que un montón de comida chatarra me haya puesto así.
Me llevé las manos a la cara mientras frotaba un pie con el otro para entrar en calor.
—Sabes perfectamente que no fuiste tú el que hizo todo lo de anoche. Y para ya de estarte montando escenarios que no te van, tío. Mejor... —Su mano cálida me tocó el pecho y me empujó suavemente hasta que mi espalda tocó de nuevo el colchón y las sabanas. —Mejor vuélvete a dormir. Mira que... —Se colocó encima de mí, con sus brazos apoyados con puños en la cama. Su rostro era idéntico al mío, salvo que era un poco más pálido. Su piel era parecida a la del mármol, aunque las venas se le notaban por encima de los brazos. El peso de su cuerpo no lo había sentido.
—¿Qué voy a mirar? Estoy cansado... Lo sé. —Aparté la mirada.
—Sí, se te nota. La cara la tienes un poco larga, tienes orejas. Pero aun así... —Me olió un poco el cuello.
—¿Esta es tu manera de poseerme? ¿Oliéndome? Se supone que cuando apareces me haces dormir y también no querer hacer nada. —Intenté levantarme de la cama, pero su mano, ahora menos caliente, me sostuvo por la muñeca.
—Quédate en cama, ¿vale? No lo hagas más difícil de lo que siempre lo pones, joder. —Su tono de voz ya había cambiado y ya no lucía alegre, más bien había pasado a ser un espectro más oscuro.
—¿Para qué quieres que me quede? Tengo cosas que hacer, joder. Tengo que trabajar.
—Porque quiero que lo hagas. Estar todo el día en la cama, contigo. Tal vez... —y esta vez la cosa estaba saliéndose un poco de control. Me sujetó de la cabeza y se acercó mucho. Las puntas de nuestras narices se rozaron, a tal punto que estaba abriendo la boca para poder besarlo.