19. El Juicio. 180 segundos para la media noche

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Habían pasado ya varias semanas desde que tuve contacto alguno con el mundo exterior

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Habían pasado ya varias semanas desde que tuve contacto alguno con el mundo exterior. No fui al entierro de Ibrahim y eso era por la sencilla razón de que habían decidido desaparecer sus restos por medio de la cremación y esparcir sus cenizas en sabrá Dios qué lugar. Esa era una buena opción.

 Me arrepentí todos los días de ese mes de mierda por todo. Cada que cerraba los ojos no podía verle como cuando llegaba a su piso, ni cuando le ponía las manos en la cara mientras jadeábamos al son de una danza lujuriosa. Cuando cerraba los ojos lo que veía era su cadáver. Los cortes más impresionantes estaban en su pecho, muy cerca del corazón, era un asesinato de cojones... Una puta carnicería.

Podía entender que Ibrahim se odiara a sí mismo, pero comenzaba a entender que, por muchas razones, yo era la causa de ese odio. Había sido mi rechazo lo que le había empujado. Un rechazo que existía solo en mi egocentrismo que colgaba orgullosamente en la pared y que ahora no servía ni para limpiarse el culo. 

Era ahí donde entraban un razonamiento algo extraño y es que tenía que entender que no siempre lo que le sembraba a la gente en el alma eran cosas buenas. Al parecer yo mismo me estaba engañando al pensar eso.

Suspiré y aún no sentía paz.

Sofía preparaba sus maletas ya que se iría del país. Yo, por mi parte, no podía viajar porque, a pesar de que quería irme de aquí, desaparecerme de toda esta mierda que había pasado, mi miedo más grande surgió como si en realidad alguien lo hubiese planificado a tal punto de que dudaba si esto era real o ficticio. 

Había sido acusado como principal sospechoso de la muerte de Ibrahim y es que había motivos, medios, coartada que no servía ni para limpiarse los mocos y mucho ADN para probar que había estado ahí no una, ni dos, sino muchas veces. 

Era el principal sospechoso con todos los medios e intención: si se sabía esto, perdería mi trabajo que, de por sí, ya no servía de nada. Irme sería darle una bofetada a toda mi defensa y decirle que sí lo había hecho y terminaría siendo capturado por policías en el extranjero y eso sumaría una puta condena de unos cuantos años por evasión a la justicia.

—Estás convencido, ¿verdad? —dijo cerrando la cremallera de la maleta.

—En una semana empieza el juicio. La notificación llegó esta mañana. El abogado del divorcio ha llamado: los papeles han salido rápido.

Le estaba dando la espalda. A fin de cuentas, no se había quedado con el piso, pero dormir en la misma cama donde tantas veces le había jurado amor era una patada a los cojones. Es que ni yo mismo me reconocía.

—Quisiera estar contigo... pero prefiero irme a Alemania, Martín. Aquí no haré nada. —Estábamos espalda con espalda. Ella viendo, quizá, la foto de nuestra boda que aun reposaba sobre la cómoda. —Mi testimonio no vale de nada. Creo que más bien te hundiría, pero es que no puedo ser una hija de puta.

Yo, Ibrahim Cooper Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora