En un suburbio de Madrid, el doctor Martín Baduy ofrece una consulta psicológica. Ibrahim Cooper, su paciente estrella, presenta problemas de depresión y una actitud autodestructiva que Martín intenta detener a toda costa: es su llave que abrirá la...
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El uniforme provisional que me habían dado era un azul un poco opaco, gastado y ruñido con algunas partes en chillón que me hacía doler la cabeza. Las paredes estaban pintadas de una capa de esmalte abrillantado, blanco curtido, color ocre con ciertas cicatrices en las paredes de almas atormentadas por la culpa, la soledad, el desespero y desde luego presos de sus propios pensamientos que los habían obligado a ser más escoria de lo que en realidad eran. Todo el conjunto hacía un juego muy triste con la puerta que era gris.
Había pasado una semana de estar en una cárcel de máxima seguridad, de estar encerrado gracias a mi voluntad de querer pagar por algo que no hice, por querer jugar a ser un Mesías que no había soportado la tentación del mismo diablo en pleno desierto y se había lanzado a comer del pan prohibido y eso no era lo peor, lo peor es que estaba aislado.
No podía salir. No podía tomar sol. La comida me la dejaban en una bandeja de plástico con mi nombre. No era nada comparado a lo que yo comía fuera: frijoles (a veces mal cocidos), agua con sabor a grifo, pollo a veces crudo, carne a término medio y un engrudo de atún con pan que ni los perros se comerían.
Para cuando había pasado un mes, había perdido unos seis kilos y ya mi ropa de preso no me quedaba tan ajustada como al comienzo. Estaba pagando a cuenta gotas lo que Ibrahim había sufrido por mi culpa.
Para calmar mis ansias, me arrancaba los cabellos, uno a uno y hacía pequeñas bolitas de pelo en la celda, que luego lanzaba por el retrete a modo de entretenimiento. Otras veces, cuando no quería estar en la puta celda, deslizaba la mano por las barandas de la cama hasta tener un hematoma en las muñecas, alguna quemadura por fricción y pasaba la noche en enfermería. Lo cierto era que me quería morir.
Cuando tenía posibilidad de ir al patio era porque todos los que estaban en la cárcel estaban en sus celdas. Estaba solo, como lo había dejado. Le había dado la espalda y ahora todo me daba la espalda a mí.
El primer día en el patio con algo de compañía fue muy desagradable. Yo estaba aislado de todos los presos y muchos me veían con cara de pocos amigos al pasar por el lado de la celda donde me tenían.
Era una tortura. Podía ver sus reflejos, sus voces, incluso sus constantes murmullos sobre el por qué me tenían ahí, como un pajarito en medio de un nido de aves de presa. Por un lado, agradecía el aislamiento porque nadie era amigo de nadie en esas cuatro paredes. Suponía que hasta por un trozo de jabón me entregarían y me violarían.
Yo no había cometido un crimen tan abominable como una violación, de hecho, no había cometido ningún crimen, pero sabía que por medio de todo el sistema de seguridad alguien debió haber comentado la razón de mi estadía y también contado la historia algo bochornosa de mi relación con mi paciente estrella.
Entonces comencé a hacer psicoterapia a mi sombra, a mi reflejo en el váter, a sus apariciones constantes y eso me calmaba. Estaba otra vez ahí, sonriente, ojeroso, dándome respuestas jodidamente extensas a planteamientos que nunca quise escuchar tanto como ahora, pero había una parte de mí que estaba consciente de que todo era un engaño, una jugarreta de mi cabeza que comenzaba a ver por el entramado de mallas y cercas una posible forma de escapar de ese puto lío en el cual me había metido.