¡Adeleila, mírame!

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—Adeleila Sumel, ¿cómo haces para encantarme tanto?

No supe qué responder, pero antes de pensar en algo sus labios encontraron los míos y el mundo dejó de tener bordes.

El roce lento me atravesó como una corriente viva. Cada fibra de mi cuerpo reaccionó. Él me acercó más, firme, como si ya hubiera decidido por los dos. El beso, se volvió urgente, cargado de algo que no sabía nombrar: hambre, alivio, necesidad.

Como si hubiéramos estado esperando demasiado tiempo.

Nos separamos apenas lo suficiente para respirar.

Iba a decir algo, pero no le dejé.
Volví a besarlo.

Y ya no hubo dudas, ni nombres, ni pasado. Solo ese lenguaje sin palabras que parecía conocerme mejor que yo misma y que me había costado tanto aceptar.

O al menos eso quise creer.
Porque incluso entonces, mientras sus labios me buscaban y el mundo parecía deshacerse a nuestro alrededor, una parte de mí seguía esperando que todo desapareciera como todas las cosas buenas que había tenido en la vida.

Cuando al fin nos apartamos, el aire se sintió extraño, demasiado grande para dos personas que habían estado tan cerca.
Él no dijo nada.
Yo tampoco.

¿Qué se podía decir con palabras luego de un momento tan íntimo?

La vida solo continuo, pero ya no se sentía lo mismo.

Desde la cita no habíamos vuelto a cruzar esa línea, pero pasábamos juntos cada momento posible. Como si evitar la distancia fuera más fácil que enfrentar lo que había ocurrido.

Y es que lo era, porque, aunque todo había sido perfecto. Algo no... Encajaba. Y el que los chicos comenzaran a sospechar que algo pasó entre nosotros no ayudaba mucho.

No lo negaba. Pero tampoco estaba lista para explicarlo. Cada vez que intentaba preguntarle a Milton qué éramos, cambiaba de tema.

No es como si me fuese a rechazar... ¿Verdad?

El pensamiento me tensó el pecho.
Intenté convencerme de que estaba exagerando.
Milton me había besado.
Milton me buscaba.
Milton quería pasar tiempo conmigo.
Entonces, ¿por qué cada vez que preguntaba qué éramos parecía querer huir?
Miré el reloj.
—¡Diablos!

Corrí hacia los vestidores y me cambié a toda prisa. Pero no con la suficiente para evitar la mirada inquisidora de la profesora.

—¡Sumel, a la pista! Diez vueltas ¡Ya!

El sonido de sus órdenes hacía que hasta respirar pareciera un error.

El ritmo del grupo era caótico, pesado. El tipo de entrenamiento que no te deja pensar en nada... excepto en todo.

Escuché pasos detrás de mí. No necesitaba mirar.

Milton.
Aceleró hasta alcanzarme y, por un instante, sonreí. Se detuvo lo suficiente para saludarme, pero negué con la cabeza: la profesora nos observaba como si pudiera partirnos en dos con la mirada. Le hice un gesto para que siguiera.

Hizo un puchero exagerado, pero obedeció.

—¿Dónde te metiste anoche? —preguntó sin dejar de correr—Fui a buscarte después de la cena.
—Lo siento. Salí con Lony. —Tomé aire—Pero, podemos vernos hoy después de clases.
—Me parece bien. ¿A las cuatro?
—Tengo práctica de espada. ¿A las cinco?
—Perfecto. -Sonrió—Paso por ti.
Me lanzó un beso antes de alejarse.

Poco después Lesth apareció a mi lado alzando una ceja— ¿Qué hacía Milton aquí?

—¿Por qué no debería de estar aquí?

Legítima HerederaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora