"El calor de la chimenea envolvía la habitación, y el crepitar del fuego era el único sonido que acompañaba la voz de mi madre. Yo era apenas una niña, y su regazo era mi refugio más seguro.
—Sabes, antes el castillo era un lugar muy hermoso, rodeado de gente y grandes fiestas... —comenzó, con una voz dulce, casi cantarina. Sus dedos pasaban con suavidad entre mis cabellos, enredándose distraídamente en ellos.
Yo cerré los ojos, escuchándola pintar con palabras un reino glorioso de columnas de mármol y vitrales que reflejaban la luz del sol como estrellas en un cielo de cristal.
—Pero incluso en el más próspero de los reinos —continuó—, siempre hay problemas.
Me removí un poco, mirando su rostro. Sus ojos verdes brillaban con una emoción distinta, una que no solía ver en ella: nostalgia, dulzura... amor.
—Un día, mientras caminaba por la playa como solía hacerlo cada mañana, vi algo imposible. Un barco encallado en nuestra costa. Él estaba allí, luchando contra la marea, un hombre perdido entre dos mundos. El mar lo había arrastrado aquí por error, y yo... —su voz titubeó por un instante—Yo no pude ignorarlo.
Podía imaginar la escena con claridad: la brisa salada, las olas golpeando la orilla, el sol reflejándose en la espuma del agua... y un hombre, un forastero, cayendo de rodillas en la arena mientras mi madre se acercaba a él.
—Era valiente —dijo, con una sonrisa que parecía iluminar su rostro—. No cualquier hombre habría sobrevivido a semejante travesía. Pero más allá de su fuerza, era amable, inteligente... tenía un corazón noble —Su voz se volvió más suave, como un susurro lleno de recuerdos—Sus ojos... nunca olvidaré la forma en que me miró la primera vez. Como si yo fuera lo más maravilloso que hubiera visto en su vida.
—¿Y tú? —pregunté con inocencia—¿Cómo lo miraste tú?
Mi madre rio, divertida por mi curiosidad—Con miedo —admitió—Con fascinación. Con algo que nunca había sentido.
Hubo un largo silencio. Me acurruqué más contra ella, sintiendo su respiración acompasada.
—Sabía que estaba mal —continuó—Sabía que los humanos no pueden vivir aquí, que jamás debí haberlo llevado al castillo... pero ¿cómo podía abandonarlo? —Su voz se quebró levemente, pero luego sonrió, como si el simple acto de recordar lo bueno bastara para alejar lo malo —Él era diferente, Adeleila. Siempre encontraba una razón para reír, incluso en los días más oscuros. Decía que la vida era demasiado corta para desperdiciarla en preocupaciones innecesarias... y tenía una forma encantadora de hacerme enojar.
—¿Enojar? —repetí con sorpresa.
Ella asintió, riendo suavemente.
—Era terco, impetuoso, nunca seguía las reglas... pero eso lo hacía tan especial. Me enseñó a ver el mundo de una forma distinta, me mostró cosas que jamás habría imaginado. Y, sin darme cuenta... —su sonrisa se desvaneció lentamente—Me robó el corazón.
El silencio que siguió fue pesado, casi sofocante. Mi madre rara vez hablaba de él, y ahora entendía por qué. No solo era una historia de amor, sino también de pérdida.
—Pero el pueblo lo odió, ¿verdad? —pregunté con un hilo de voz.
Su expresión cambió. Sus ojos se oscurecieron, pero su tono seguía siendo suave cuando respondió —El pueblo tuvo miedo, y el miedo es un enemigo peligroso. No entendieron que él no era una amenaza... pero yo sí lo entendía. Y lo amé, incluso cuando sabía que no debía hacerlo.
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Legítima Heredera
FantasyEn Ilesglow, el conocimiento tiene un precio. Y algunas verdades son capaces de destruir reinos, romper identidades... y condenar a quien las escucha. Una nación marcada por antiguas heridas. Una bruja y un mortal. Un sacrificio que aún resuena entr...
