El jugador de ajedrez

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No era la primera vez que el edificio me cambiaba el camino, pero sí la más descarada. 

Juraría que la sala de canalización estaba justo al doblar el invernadero. Pero el pasillo se extendía frente a mí como si siempre hubiera estado ahí: muros de piedra cubiertos de líquenes luminosos y ventanas ovaladas que respiraban luz tenue.

Suspiré.

El mapa flotante entre mis manos temblaba levemente, con sus marcas moviéndose como tinta viva. Parecía tan perdido como yo.

Lo enrollé con frustración justo cuando una de las paredes proyectó un haz de luz azul atravesado por tres estrellas en línea.

"HORA SEXTA", susurró algo en mi mente. Pero yo solo pude suspirar cansada ¿Por qué todo tenía que ser tan complicado? 

—A tu derecha, segunda bifurcación 

No me sobresalté. Ya estaba empezando a reconocer ese tipo de presencia antes de verla.

Jonathan estaba apoyado contra una raíz que sobresalía del muro, como si el edificio lo hubiera dejado allí por diseño. Brazos cruzados. Mirada perdida a medias, como si simplemente estuviera ahí porque el momento lo requería.

—¿Estás siguiéndome? —pregunté.

—No. —Su sonrisa fue breve, apenas una curva en los labios— Estoy donde necesito estar. Tú solo sigues llegando al mismo punto.

—Eso suena sospechosamente a lo mismo.

Se encoge de hombros—Todo lo hace si lo miras desde lejos. —Giro mi mapa sin que yo se lo pidiera y las estrellas se reordenaron —Sigues perdiéndote cuando el sol baja —añadió.

—No me pierdo —dije, alzando la barbilla—El edificio se mueve. No es culpa mía.

—Mondreal no se mueve —respondió apenas en un susurro—Se adapta. Busca la energía donde la necesita. Como todos nosotros, supongo.

Suspire—Eso no lo hace más fácil de entender.

—Tampoco lo vuelve complicado, solo debes escuchar un poco más el mundo que te rodea. — Vuelve a quitarme el mapa de las manos y lo acerca a la ventana y tal como paso la última vez los trazos se redefinieron volviéndose más nítidos

Caminamos en silencio durante unos segundos. El aire estaba tibio, como si las paredes exhalaran la humedad de los invernaderos cercanos. A lo lejos, una melodía salía de una de las salas cerradas, algo con flautas y zumbidos, como si la música misma respirara.

No supe si eso era reconfortante o inquietante. 

—¿Estás... bien? —preguntó Jonathan sin mirarme directamente.

La pregunta fue simple. Demasiado simple para lo que sentía.

—Sí —mentí.

No insistió.

Eso era lo peor de él: nunca empujaba más de lo necesario.

—No lo estás —añadió después de unos segundos—Pero no parece el tipo de cosa que quieras explicar.

No respondí.

Seguimos caminando.

—A veces me cuesta —confesé después de un rato—Entender qué hago aquí. Hay días en los que me parece lógico... y otros en los que siento que todo es una ilusión.

—No lo es —dijo. Su voz fue firme, casi demasiado. Luego, más tranquilo añadió—Solo es difícil ver el lugar que ocupas cuando estás en medio de todo.

Legítima HerederaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora