Prologo

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Amó una sola vez.
Y esa vez le bastó para destruirlo todo.

Elizabeth no nació para amar. Nació para reinar, siendo la siguiente en una larga línea con la misión de preservar las antiguas leyes y mantener el equilibrio, cumpliendo esa promesa que sus ancestros hicieron a la diosa: nunca volver a caer en el caos de la oscuridad.

 En Ilesglow, ese juramento era sagrado. Cada criatura, casta y rincón del reino se sostenía por aquel pacto sellado tras la Edad Oscura. Una era donde la magia era miedo, no don. Desde entonces, cada reina debía renunciar a sí misma para custodiar la armonía, vivir según la tierra y transferir su legado.

Pero Elizabeth... no pudo o al menos no de la forma en que se suponía que debía hacerlo.

Lo encontró entre las rocas, medio muerto, arrojado por un portal intermitente —esas grietas errantes entre mundos—era un forastero, uno de esos seres incompletos carentes de magia. Un humano llamado... Richard Lavot.

Su figura apenas era un punto tembloroso perdido en la inmensidad del mar. Aun así, incluso desde la distancia, Elizabeth alcanzó a ver cómo sus dedos pálidos se aferraban a las rocas del risco con una fuerza nacida más del miedo que de la vida. La siguiente ola llegó como un animal furioso: rugió, se alzó, y lo devoró. Sus manos resbalaron. Su cuerpo desapareció bajo el agua.

El corazón de Elizabeth se contrajo como si algo invisible la hubiese golpeado desde dentro. El aire le quemó el pecho. Sintió el tirón primitivo de su magia respondiendo antes que su mente. Por un segundo, la ley se alzó en su memoria—antigua, fría, inquebrantable—recordándole que aquel ser no debía ser salvado. 

Pero el mar rugía, y con él, algo dentro de ella.

La duda se hizo trizas.

Elizabeth extendió la mano. La magia brotó como un latido desbordado, un torrente caliente que despertó al océano. Las aguas temblaron bajo su orden; la superficie se curvó y abrió camino como si una criatura colosal se moviera a sus pies. El mar obedeció. Lo arrastró hacia ella, rompiendo con furia cada ola que amenazaba con tragarlo.

El porqué sigue siendo un misterio para todos. Pero para Elizabeth... fue tan natural como respirar. Entendía que los seres nacidos luego de que el mundo se partió eran un riesgo, pero, 
¿Cómo podía honrar y servir a la luz siendo indiferente en una escena tan oscura?

Lo ocultó, lo cuidó. Y con cada día que pasaba, el deber se volvió silencio, el miedo se volvió ternura, y la reina se volvió mujer. Amarlo fue su ruina... y al mismo tiempo su redención ¿Pues que podía ser más puro qué la magia del amor?

Lástima que fuese de un humano. 

En Ilesglow, los mortales eran considerados veneno: seres sin conexión con la magia, capaces de vaciar el alma de quienes los rodeaban con su ambición y terquedad. La ley más antigua dictaba que, si uno cruzaba al reino, debía ser exiliado de vuelta a su mundo o destruido sin compasión. Cuando el concejo descubrió la traición de Elizabeth, no hubo misericordia. Richard fue desterrado, arrancado de su lado sin derecho a despedida.

Pero ya era tarde. El amor había florecido, y de él nació un secreto que ni el trono, ni el mundo podían conocer: Adeleila.

La reina la crio sola, en las sombras de sus propias ruinas, ocultándola del mundo como el último fragmento de su corazón. Adeleila era un prodigio: nacida de luz y carne, magia y humanidad en un mismo ser. Demasiado valiosa. Demasiado peligrosa.

Elizabeth le enseñó todo lo que sabía: a conjurar, a oír a la tierra, a respetar el equilibrio. Pero no pudo enseñarle a temer. Adeleila era noble, pura. Cuando bajó al pueblo para ayudar en secreto, lo hizo por bondad... sin imaginar que su sola presencia podía destruir el frágil silencio que las protegía.

Y así, los rumores despertaron. Las miradas se alzaron. El juicio se acercaba.

Elizabeth lo comprendió entonces: no podía volver a perder. No a su hija. No otra vez.
Por eso, en la noche más larga de su vida, tomó una decisión que solo una madre desesperada puede tomar. Liberó su magia, su tiempo, su vida... y los ató a la sangre de Adeleila a través de un hechizo.


Con una daga selló su destino, entregando su alma para que la de su hija pudiera renacer cuando el mundo estuviera listo.

Porque ya había perdido al hombre que amaba. Y no soportaría perder a su única luz.

Así, la reina cayó. Y en su caída, una gran guerra se desató y cuando el equilibrio peleó por mantenerse, en la oscuridad se formaron leyendas: la esperanza de que, en algún momento, volviera la verdadera heredera y reclamara aquello que por derecho le correspondía.

*Nota: Hola me presento soy Claudia y si es la primera vez que lees una de mis historias te agradezco la oportunidad y te doy la bienvenida, espero que disfrutes leyendo de este mundo de magia y fantasía tanto como yo disfrute crearlo. 

La saga de la heredera de Ilesglow crece poco a poco. Ya se encuentra disponible la historia de los sharrow titulada "El secreto de la sangre rosa" y el segundo libro se encuentra en proceso. ¡Bienvenido a Ilesglow!

Legítima HerederaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora