9 AÑOS ATRÁS
Morgan, una chica de vitalidad, aunque cada vez menos que el día anterior se levantó un día con esperanzas de que fuese mejor que el anterior. Y así al siguiente día, la siguiente semana, el siguiente mes. Esperando que las sombras la dejasen respirar tranquila en la oscuridad.
A pesar de eso, escondía su miedo. Pensaba que la podrían hacer débil, como las sombras la llamaban muy a menudo. A parte de decirle que sus ojos eran horribles, o que nadie la querría nunca porque sus padres la pusieron en adopción. Al principio pensaba que eran opiniones y risas de bromas. Hasta que las risas se convirtieron en carcajadas, y las lágrimas en moratones. Hasta que pasó de tener ganas de ir al colegio a estar aterrorizada.
Un día normal, como cualquier otro, la pequeña de 11 años se levantó y mientras desayunaba les dedicaba las mejores de sus sonrisas a sus padres. Uno de los únicos motivos por los que seguía adelante. Peter y Beth, los adultos que la llevaban de vez en cuando al País de Nunca Jamás.
Ese era el lugar favorito de Morgan, donde pasaba horas y horas en sus sueños y nunca se aburría. Era feliz, los niños perdidos no se metían con ella, al revés, jugaban a cazas del tesoro. Sobre todo, tenía un mejor amigo, un Peter Pan, el pelirrojo que le sacaba las mejores sonrisas verdaderas. La ayudaba cuando lloraba prometiéndole que algún día lo conocería de verdad. Claro está, Morgan siempre pensó en esa promesa. La que le hizo Peter en un sueño.
Después, cogió la mochila y caminó. Le encantaba caminar y mirar el cielo cuando aún no había amanecido. Así podía ver la segunda estrella a la derecha y sonreír.
Una puerta enorme, y un edificio que le parecía una pesadilla, como un castigo. Entró con la cabeza cabizbaja. Pasó la primera jornada y contaba los minutos para que no llegase el recreo. No quería, el miedo se apoderaba de ella. La campana del sacrificio sonó y cogió el bocadillo todo lo rápido para salir sin ser vista. Sin embargo, para comer tranquila en los baños, tenía que atravesar la pista del patio. Un gran centro de mira.
Corrió. Corrió por su madre. Corrió por su padre. Corrió por los niños perdidos. Corrió por Peter. Y corrió por ella.
Lo que no sabía es que a veces el demonio es más rápido que el alma, porque la autoconvence de que no será capaz de huir de su destino.
Un pie interfirió en su camino y cayó repentinamente al suelo, estampando su barbilla con el pavimento. Le dolió mucho, y sus pensamientos afirmaron que estaba sangrando cuando se llevó la mano a la zona de la herida y vio que estaba llena de sangre.
Levantó la cabeza con recelo, y sus ojos se encontraron no con uno, sino con miles de monstruos con sed de entretenimiento. La llevaron a rastras a los baños donde pasó la mayor parte del tiempo suplicando. Se retorció de dolor, mientras lloraba y suplicaba que la dejasen en paz. Le daba igual el bocadillo que le habían robado, o el material nuevo que nunca más reapareció en su estuche. Solo quería que la dejasen de atormentar.
-P-por favor...dejadme ir... ¡No! ¡Por favor! -intentó ponerse de pie, pero sus piernas flaquearon y le fallaron. Unas lágrimas aparecieron en sus ojos y muchas risas estallaron.
Las sombras disfrutaban de su dolor. Cuantas más lágrimas caían, se alimentaban y crecían, más fuertes se convertían.
Cinco minutos después, la pesadilla acabó. Sus latidos volvieron a estabilizarse. Sonrieron satisfechos y le dejaron allí tirada. Con el estómago hecho polvo, el pelo revuelto, y la barbilla con sangre.
Las sombras se habían ido. ¿Por qué sentía que seguían allí? De repente, sus pies giraron y en efecto había una sombra que seguía allí, con ella. La suya propia. Imitaba sus movimientos, era oscura y fría. La acompañaba a todas horas.
Otro día más, llegó a su casa. Justo antes de abrir la puerta, elevó sus mejillas y cambió su rostro.
-¡Hola papi! -sonrió al ver a su padre en la cocina haciendo macarrones.
Con carrerilla, soltó la mochila y fue al comedor a esperar. Cuando todo estuvo listo, sus padres pusieron la comida y hasta entonces no se percataron de la herida de la joven.
-¡Dios mío Morgan! ¿Qué te ha pasado en la barbilla? – su madre se dirigió hacia ella y le levantó la cabeza para examinar por si había infección.
-Me he caído jugando al escondite.
-No se te da muy bien ese juego ¿no? -rio su padre intentado sacarle una sonrisa.
Era cierto. Siempre le echaba la culpa al juego. Beth cogió el botiquín y tras limpiarle y desinfectarle la herida, colocó una venda blanca.
-¿Te pongo encima una de esas tiritas de princesas que tanto te gustan? -sugirió Peter.
La cara de Morgan se iluminó tan rápido como se apagó.
-No.
-¿No? ¿Por qué no? Si te encantan.
-Son infantiles.
Sus padres se miraron extraños ante la respuesta. Al final, solo se encogieron de hombros y guardaron las tiritas.
Curioso era, que esas vendas le curaban a Morgan día tras día heridas externas. Y por cada una de esas, aparecía una interna. Una de las que son para siempre. Tan invisibles y poderosas. De las que te apagan.
Comieron en familia mientras Morgan les relataba su maravilloso día en la escuela.
Por la noche, antes de ir al País de Nunca Jamás, la niña se miró al espejo y subió su camiseta. Debajo se escondía una gran historia. Al menos ya no le dolía tanto si tocaba en la zona, pero sí si recordaba. Volvió a bajarla y cubrió su cuerpo con las sábanas tras acostarse. Beth y Peter aparecieron al momento para desearle buenas noches a la pequeña.
-Buenas noches pitufa. ¿Hoy te visitará Peter Pan? -su padre le revolvió el pelo en modo cariñoso.
-¡Sí! – algunas carcajadas siguieron por culpa de las cosquillas. -Hoy vamos a buscar el tesoro del Capitán Garfio.
-¡Es un bacalao! -gritó su padre aunque disminuyó el volumen cuando Beth le lanzó una mirada furtiva.
-Que duermas bien cariño. -su madre le dio un beso en la frente y ambos se fueron cerrando la puerta.
Esa noche, como otra cualquiera, Morgan y Peter Pan volaron por el cielo hasta llegar a la famosa isla. Sin embargo, ese día Morgan no tenía ganas de correr. Le dolían las costillas y la barriga. Su amigo en numerosas ocasiones le preguntó qué le pasaba y ella siempre respondía lo mismo. Nada. Peter, al descubrir la repetición de otros días, le recordó su juramento.
"Te prometo Morgan, que algún día me encontrarás en alguien más. Y me aseguraré de que ese alguien te quiera todo lo que nunca te han querido. Solo, ten paciencia y no te rindas. Siempre te estaré cuidando desde aquí arriba."
A partir de esa noche, Peter Pan no la visitó ninguna noche más. La dejó sola ante la oscuridad de las sombras. No porque rompiera su promesa. Sino porque Morgan dejó de creer en los cuentos de hadas.
Dejó de creer en Peter Pan. Se rindió de seguir pensando que alguien la salvaría.
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AVISO
Este capítulo puede tocar temas sensibles. Se ha intentado tratarlo con toda la sensibilidad posible.
Esto va dedicado sobre todo a las personas que se creyeron débiles cuando llevaban un peso enorme. Si alguna vez habéis pasado por algo parecido, o lo sufrís actualmente, comunicárselo a un adulto o alguien de confianza. Sé que no es una situación fácil, pero lo complicado pasa cuando decidimos alzar la voz por encima de las sombras.
Nadie deberías callarnos.
<3
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Todo el tiempo que viví sin ti [Terminada]
Storie d'AmoreHay experiencias que te marcan y no puedes evitar quedarte estancado en el pasado. Eso le pasaba a Morgan Preston, una infancia desfavorable le impedía disfrutar de su etapa universitaria. Como otro año más, llegó a Sydney para estudiar su tercer añ...
![Todo el tiempo que viví sin ti [Terminada]](https://img.wattpad.com/cover/298365506-64-k207012.jpg)