Marcos tiene 100 problemas en su vida y Diego puede ser la solución, o un problema más.
Todo depende de qué tan buen compañero de baile sea y de si será capaz de dejar su actitud cautivante y coqueta al menos por dos semanas.
Una personalidad enam...
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Diego parece no tener una mejor actividad que ser mi sombra.
Hemos estado toda la semana ensayando con Cora. Perfeccionando ciertos detalles y cambiando un par de pasos en la coreografía, pero en general está perfecta.
Así que este fin de semana lo tenemos libre, excepto yo que debo dar clases, pero no debemos practicar, por ende, Diego no tendría que estar en el estudio, pero lo está, sentado en el suelo viendo como los chicos del grupo J se quejan sobre mi excesivo interés en la perfección.
—Ya callense, por favor. Entre más se quejen, más tiempo estaremos aquí — habla Ángel. Y en automático todos apagan sus quejas.
Sonrío.
No deja de sorprenderme el respeto que le tienen todos, incluso Lu. Aunque también es algo que entiendo. Tiene una voz fuerte, al igual que su postura al hablar y la seguridad que muestra cuando lo hace.
Dirijo mi mirada un momento a Diego, también sonríe. Hace unos días le dije que Ángel me recordaba a él y creo que ya está viendo el por qué.
—Vale. Suficiente — declaro.
Y como ya es costumbre, todos se tiran al suelo. Esta vez Ángel se ríe e imita su acción, sólo por diversión al parecer.
—¿Por qué vino él? — pregunta Sonia, señalando al fondo del salón donde se encuentra Diego sentado.
—Mira que curioso. Tengo la misma pregunta — digo, mirando a Diego con una ceja arqueada —¿Por qué estás aquí? — pongo mis brazos en jarras.
—Quería ver qué tan buen maestro eras – responde.
—¿Y bien? — inquiero.
—Eres un explotador — declara.
—¡Ja! — me señala Carlos —. Te lo dije, puedo demandarte — amenaza, pero la sonrisa en su rostro me da más ternura que miedo.
—Vayan a casa — ordeno.
Se levantan con pereza, con esa misma emoción recogen sus cosas y se despiden de mí.
Esta vez me quedo a recoger yo las cosas. Toallas, colchonetas y guardar la bocina.
Diego me mira desde su lugar. Espero que se ofrezca a ayudarme, pero parece entretenerle más el verme.
—¿Me echas una mano? — pido.
Eleva ambas cejas y sonríe.
—Dónde gustes — responde, con una sonrisa coqueta y me doy cuenta el doble sentido que le ha dado a mis palabras.
—Nicolás — riño, cruzo los brazos sobre mi pecho.
Le molesta mucho que le llame Nicolás, pero en este momento se echa a reír.
Al final se levanta para ayudarme a guardar las colchonetas en el armario.
—Ten cuidado con... — Está a punto de decir algo cuando la puerta se cierra tras nosotros —. La puerta — agrega.