Marcos tiene 100 problemas en su vida y Diego puede ser la solución, o un problema más.
Todo depende de qué tan buen compañero de baile sea y de si será capaz de dejar su actitud cautivante y coqueta al menos por dos semanas.
Una personalidad enam...
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Recuerdo que la primera vez que hice un voltereta tuve miedo, pero mientras estaba en el aire, aunque sólo fueran un par de segundos, se sintió realmente bien. Dos segundos estuve suspendido en el aire y casi sentí que volaba.
No había forma de describir lo con palabras.
En mi memoria está un Marcos de 7 años corriendo hacia su padre para decirle que se había convertido en un ave por unos segundos. Él se rió y acarició mi cabeza antes de pasar por mi lado. En ese momento no me importó, yo estaba feliz.
Como justo ahora.
Mis piernas temblaban como gelatina, mis manos estaban sudando y si no fuera por la mano de Diego sujetándome por la cintura juraría que estaba por caerme, o, más bien, eso era lo único que me mantenía en la tierra y no volando en el espacio.
Me sujete de sus hombros con fuerza antes de sentir su otra mano apretando mi barbilla y así permitirle la entrada a su lengua a mi boca. Eso me hizo temblar.
Por instinto lleve una mis manos a la parte trasera de su cabeza y enrede mis dedos en las hebras de su cabello tirando un poco.
Y me equivoqué al hacer aquello.
Uno de mis anillos se enredó en su cabello lastimandolo un poco.
—Umm — gimió de dolor y se apartó un poco — ¡Ah!
—No te muevas — reñí, pero él seguía intentando safarse.
—¡Duele!
—¡Sí! Y dolerá más si te sigues moviendo. Déjame a mí — se quedó quieto inclinándose un poco hacia abajo para que así yo pudiera safar mi anillo de su cabello.
Cuando estuvo libre y pude retirar mis manos de él, el cuarto se sumió en un silencio — a excepción de la música —, hasta que él comenzó a reír a carcajadas contagiandome de inmediato de ellas.
Me sentía ridículo por haber terminado el beso de esta manera.
Cosas ridículas de la vida de Marcos Brower número 123458.
—Dios. Lo siento tanto — me disculpé, aún riendo.
Él solo continúo riéndose mientras negaba con la cabeza. Crucé los brazos sobre mi pecho y empujé mi labio inferior hacia afuera. Diego se percató de ello e intentó parar de reír antes de tomarme por el codo y acercarme a él.
—Me pareció gracioso, lo lamento. Tus anillos son lindos — tomó mi mano y acarició mis dedos sobre mis anillos.
Sonreí.
Y en ese momento el cuarto se iluminó en su totalidad indicando que la electricidad había regresado. Ni siquiera me había percatado de cuando la lluvia había cesado.
—Y se hizo la luz — entonó mostrando una sonrisa brillante.
Lo tenía muy cerca y me tomé un momento para observarlo detenidamente. Tenía una pequeña cicatriz en el pómulo derecho, apenas y se notaba gracias a las pecas que llenaban su rostro como si de una constelación se tratase. Su cabello era rubio oscuro y tenía pequeños mechones más claros que otros. Sus ojos parecían sacados del ámbar, un color miel que brillaba a gracias a la luz que llegaba a ellos. No podía evitar pensar en que su existencia era producto de mi imaginación. Demasiado irreal.