❝ La joven líder del magnífico clan Juzoku, Seiko Juzoku, quién ha visto todos los horrores de la humanidad y era la que cargaba con ellos estos días.Tenía tan solo 15 años cuando ese incidente que ocurrió acabó con la vida de su familia y casi de l...
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¿Cómo sabía quién era el que es para ti? Eso mismo se preguntaba Seiko repetidamente esa mañana, quedó con Gojo en el lugar que se dieron su primer beso. En el patio interior de su casa, nunca tuvieron relaciones sexuales pero si unos cuántos besos que otros. Y esa era la razón por la que Gojo rogaba por ella y estaba más que dispuesto a tirar su orgullo y decencia como hombre por ella. Seiko siempre, cada vez que se besaban y cuando salieron le dejaba con ganas de más que ella nunca quiso de él. No sabía porque estaba nerviosa ese día, jamás en su vida se sintió así porque no había necesidad. Las personas en su vidas eran tan predecibles, como un libro abierto.
Se tuvo que despertar pronto porque debía evaluar al nuevo estudiante para el Templo, según su propio reglamento ella era la única que podía evaluar a uno porque estaban siendo entrenados para alcanzar un nivel similar al del Clan Juzoku. Y era mucho la exigencia.
El joven hechicero se llamaba Suguru, anteriormente asistía a la escuela de Jujutsu en Kioto pero por su agresividad fue transferido al Santuario Hanemori. En donde eran muy estrictos con normas y castigos pero aún así no podían con el chico, así que su última opción fue dárselo a ella y rezar para que lo curara del mal según ellas.
—Quítenle las cadenas, no es criminal y no debería ser tratado como uno.
Era pelirrojo tirando a un rosado, poseía la condición ocular de heterocromia en la que el color de su iris era diferente en cada ojo. A parte de eso era muy normal, pero sonrió porque su instinto le decía que tenía mucho potencial aquí.
—Bien, Suguru, ¿estas mejor?
—Si.
—Mi nombre es Seiko Juzoku, la líder del Clan y del Templo Juzoku. Sere la encargada de evaluarte y asignarte un grupo en el que convivas, hay normas pero no es obligatorio seguirlas.—el joven se sorprendio.—Te las dirá más tarde Rin, el segundo líder del Templo.
—¿Cómo va eso de las normas? No lo entiendo muy bien que digamos.
—Es simple chico, las hay pero seguirlas es tu opción.—le dijo.— Se el infierno que tuvo q ue ser estar bajo ese Santuario, todas sus reglas absurdas y todo podría ser malo para todos. Algunos se dejan mandar pero gente como tú está destinada para las cosas.
—¿Destinada a más cosas?—replicó un pco perdido en esta charla.
—Así es, yo creo que a uno se le debe dar las libertades que todos querríamos y guiarlos por el camino. Que ellos elijan arruinarse la vida o ascender en los cielos, es su vida y no me importa más.
—Interesante murmuró.
—Sígueme al patio interior, en donde haré tu prueba.
La tan prueba salió excelentemente, hasta le sorprendió lo capaz que fue contrastado con el informe del Santuario. Eso solo demostraba que los de Kioto eran unos buenos para nada en estas cosas, fue puesto en el grupo e más nivel, los de primer grado. Iba a ser el más joven.
—¿Lo he hecho bien?
—Si Suguru, estarás en el grupo de primer grado con profesor el segundo líder Rin.
—Muchas gracias.
—¿Por qué me das las gracias Suguru?
—Eres la primera persona en mi vida que no me trata como un monstruo o un animal, la primera que me trató como un persona digna.
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No tardó cuando llegó la hora de la quedad sobre él, intuía que iba a ser una de las conversaciones más difíciles que tendría que hacer en su vida pero bueno, ella no era ninguna cobarde. Decidió ir caminando, con la esperanza de que aclarara la borrosidad que tenía su mente. Mala suerte para ella empezó a llover, era la única sin paraguas en la calle aunque tampoco es que hubiese mucha gente. Amaba la lluvia a pesar de que otros la odiaran, también estaban los hipócritas que decían querer la lluvia pero usaban un paraguas para protegerse de ella. Tonterías.
Cuando llegó a su casa, la puerta ya estaba abierta previamente y ella empapada. La cerró y entró. Primero se quitó los zapatos y dejó su abrigo mojado en el perchero de la entrada, con sus pies cubiertos de agua caminó por los pasillos de aquella vacía casa. Recordaba que le contó que cuando él nació, toda su familia murió pocos días después debido al desbalance que provocó su nacimiento. No había ni una imagen, ni un cuadro, solo pasillos y paredes vacías carentes de personalidad.
—Gojo, la puerta estaba abierta y entre.
—Se ve que la lluvia te ha cogido, ¿no?—viéndola toda empapada.—Déjame que te traiga una toalla.
Esperó ahí, de pie hasta que él regresó con una toalla para ella. Se secó todo lo que pudo y lo acompañó hasta su habitación. Para su sorpresa sólo habían dos imágenes, las únicas en toda la propiedad. La de su clase de primer año, cuando Itadori aún estaba y la de su antiguo grupo e amigos que estaba más que disuelto.
—Conservas esa imagen.
—Si, es especial para mí como tú lo eres para mí.—contestó a sus palabras.—Quiero hablar, no quiero a mentiras ni que evadas las preguntas o que digas que no estás preparada. Te quiero, te acepto y te he estado rogando una vida entera sin respuesta clara. Al menos merezco algunas respuestas supongo.
—Te mereces más que eso, el problema no eres tú, soy yo.—suspiró sentándose enfrente suya.—Nunca estuve preparada en estar una relación seria contigo, nunca porque te amaba demasiado y temía darlo todo por ti y recibir nada a partir de eso. Lo que pasó en el pasado se queda ahí. En los últimos años he estado reflexionando en qué éramos, muchas personas me han ayudado a llegar a la conclusión que he terminado con.
—Seiko, ¿cuál es esa conclusión de la que hablas?
—Me he dado cuenta que si quieres algo debes ir a por ello, incluso en el amor.—le costaba decir lo que quería decir.—Me refiero a que me arriesgaré a dar todo de mí, me va a dar igual recibir nada porque te amo.
Por fin soltó esas palabras que tanto esperaba él y que ella tanto espero decir, la sinceridad de las palabras y por cómo actuaba, él sabía que era la definitiva. No era esos simples te amos que se tiraban a la cara a menudo, era uno de ellos que decías una sola vez en la vida a la persona correcta.
—He esperado tanto tiempo que no me conformaré con ser tu novio ahora.—sacó una caja de terciopelo roja, la abrió y lució un anillo de oro con una gran diamante incrustado en el medio.—Seiko Juzoku, ¿me concederías el honor de ser tu esposo?
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