Cuando cumplí quince años, ya pesaba cuarenta y tres kilos.
Estaba demasiado cerca de mi meta de treinta y nueve, y aunque todos decían que yo estaba demasiado delgada, ya lo habían intentado todo. Virginia me llevó con psicólogos, con psiquiatras, con nutricionistas y me dio charlas sobre los desórdenes alimenticios. Damon decía que yo estaba desapareciendo.
Pero por fin podía vestirme con ropa de talla XS, por fin los amigos de Colton me notaban. Por fin estaba cómoda en mi cuerpo. Había oído comentarios sobre el tamaño de mis muñecas, o la flaqueza de mis muslos, y me sentía halagada porque, para mí, era importante.
Pero bajar de ese peso se estaba convirtiendo en un infierno.
Había tenido que reducir mi ingesta porque hacer ejercicio no era una opción. Mi cuerpo estaba tan débil que las piernas me fallaban cuando intentaba sostener mi propio peso. Saltar o correr agotaba mis pulmones, y a los quince o veinte minutos, estaba tan mareada que necesitaba sentarme en el suelo hasta que se me pasara.
Si dejaba de hacer ejercicio, o comía más, engordaría. Desde que me regalaron mi primer teléfono, me había inscrito a todo tipo de foros y blogs donde encontraba gráficas que calculaban la ingesta de calorías para perder peso, basado en tu índice metabólico.
No entendía por qué otras personas podían vivir enfermas toda la vida. ¿Cómo mantenían ese estilo de vida? Es decir, yo lo había mantenido durante cinco años, pero tenía la impresión de que moriría antes de cumplir los veinte. Tal vez, si decidiera estancarme en un solo número, no sufriría de esta forma.
¿Cómo le explicaba a mis padres que no me sentía suficiente? Si subía de peso, se avergonzarían de tenerme como hija. No podía dar la vuelta ahora.
Ese verano, Colton se sacó la licencia de conducir después de dos intentos. Ya tenía diecisiete años, así que Damon le permitió llevarme y traerme de la escuela. Desde que trabajaba en el taller mecánico, prefería pasar las tardes allí que en casa, o que ir a la escuela.
De hecho, una nueva chica llamada Linda se había unido a su grupo de amigos, y ahora Colton pasaba más tiempo con ella que con el resto de los chicos.
Lo que ocurrió fue que, el catorce de febrero de su primer año, Colton compró flores para Bianca, la niña que le gustaba. Pero después de casi veinte minutos esperándola sin que ella bajara al recreo, yo, que había estado leyendo frente a la cancha de cemento de fútbol, decidí cerrar mi libro y correr hacia mi hermano.
—¡No sabía que estabas aquí! ¿Son para mí?
Aunque Colton tardó en reaccionar, pareció creerse que yo en realidad pensaba que eran mis flores, porque él solía enviarme rosas el catorce de febrero. Así que me las dio, pero ni siquiera sonrió.
Llegó a casa y se encerró en su cuarto, sin querer comer. Entonces yo le expliqué a Damon y a Virginia que creía que Bianca lo había dejado plantado.
Damon habló con él esa noche, cuando consiguió convencerlo de que lo dejase entrar a su dormitorio. Al parecer, Colton había visto que ya le habían enviado flores a Bianca: por eso, ni siquiera se le acercó.
Después de que Damon le dijera que eso no tenía por qué cambiar su forma de ser, o su personalidad, se sintió mejor. Pasó el verano y, al regresar a clases, Linda Strafford empezó a acercarse a Colton sin que él siquiera lo buscara.
Linda era casi tan alta como Colton. Era muy bonita: tenía el cabello rubio, lacio, y los ojos verdes, y piernas fuertes. Si la llamabas por el nombre equivocado, te miraba como si hubieses cometido el peor crimen y no te dirigía la palabra hasta que lo corrigieses. Tampoco toleraba las bromas.
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𝐋𝐨𝐬 𝐝í𝐚𝐬 𝐝𝐞 𝐀𝐧𝐣𝐚
General FictionAlgunas historias de amor sí son para siempre. ************** Anja tiene un diario donde ha registrado los días más importantes de su vida desde que fue adoptada. Ella no quería tener una familia, ni creía en el amor, ni en los padres. Había sido ac...
