22 | El día que me llamaron a la tienda

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Cuando llegué al campamento al día siguiente, bañada con cubetas de agua fría y una camiseta negra limpia, sobre mis pantalones de camuflaje falso, descubrí que dos de mis compañeras y May ya estaban desayunando, sentadas en círculo, cerca de uno de los camiones de auxilio de la Cruz Roja.

El sol ya había salido y quemaba la tierra. Con mi gafete puesto, mi tabla de anotaciones bajo el brazo y un paquete de higiene en la noche, ya me había puesto en marcha hacia ella, pero unas risas me frenaron en seco.

Debajo del árbol de olivo, a una distancia prudente de la caseta de la Guardia Civil, se habían reunido algunos de los refugiados. También reconocí a Jesaja, otro de los coordinadores, con varios de los voluntarios. Y para mi incredulidad, no solo estaba Eloi medio recostado allí, sino que gesticulaba con las manos, porque hablaba con ellos.

Con media sonrisa.

Cálida.

—¿De qué están hablando? —le pregunté a May, de pie junto a ella.

Achicaba los ojos para verle mejor, pero el sol apenas me dejaba distinguir las siluetas.

—De té y bizcochos —respondió Sara con más rapidez, otra de las voluntarias—. Aparentemente en Nigeria sumergen panes con mantequilla en el té para desayunar. Ayer me dijo que eso desayunaba de niño.

May se había recogido el lacio cabello castaño oscuro en una coleta alta, revelando su rostro cuadrado; tenía un sándwich en la mano y bebía té.

—Deberías haberlo visto —murmuró— cuando dijo que un día lo comió por última vez sin saber que nunca más volvería a probarlo.

—¿Y conmigo no va a hablar? —inquirí, molesta.

—Eloi dijo que no te miraría nunca más.

Aquello me indignó más.

Una punzada aguda me comprimió las costillas.

¿Por qué no era igual de frío con ellos? ¿Por qué solo conmigo? ¿Por lo que yo había dicho? No quería, pero el orgullo se me atascó en la garganta.

Como quisiera.

Me di la vuelta, apretando la tabla con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Tendría que ayudar a alguien más hoy, como todos los días. Quizá dejaría de sentir el peso de tantos errores entonces.

Dado que estaba masticando, May señaló algún punto indefinido más arriba en el terreno que debíamos subir, hacia los camiones y tiendas de campaña. Seguí la dirección de sus ojos negros, a pesar de que ya estaba molesta. Aunque no había muchas mujeres en el campamento, encontré una pequeña área donde la Cruz Roja las atendía: entregaban toallas sanitarias, proporcionaban vacunas y les cosían las heridas, y yo pude pasar esa mañana enseñándoles a limpiarse los cortes con agua.

Regresé a la camioneta a ponerme una gorra, comí con las mujeres de Sudán y, por fin, recuperé un poco el sentido de lo que estaba haciendo.

Sentía lo que muy probablemente sintieron Damon y Virginia cuando me conocieron en el orfanato: era bonito recordar los nombres de las mujeres, preguntarles por los temas que sabía que les interesaban, hablar de sus familias y de la tierra de dónde venían.

Conocí a una chica de mi edad que venía de Chad y que amaba contarme del papagayo en casa de sus abuelos. Ya no sabía dónde estaba ninguno de ellos.

Aquella semana, May me dijo varias veces que uno de los chicos que conducían las ambulancias de la Cruz Roja me contemplaba cuando yo pasaba. La ignoré porque había demasiados volunarios trabajando en el campamento y no tenía ganas de enamorarme, pero cuando oí que tendría veinticuatro o veinticinco años, que era holandés y que había colaborado en India, Tailandia y Nepal, quise conocerle.

𝐋𝐨𝐬 𝐝í𝐚𝐬 𝐝𝐞 𝐀𝐧𝐣𝐚Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora