25 | El último día en el campamento

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—Espero que un día conozcas a mi madre.

Sentí una corriente de electricidad recorrerme todo el cuerpo hasta la cara. Me había sonrojado tan fuerte que, si él no dejaba de mirarme, pronto mi piel sería del mismo color que mi cabello. Subiendo juntos el monte hasta el edificio donde leeríamos, vi el sol ponerse sobre la sabana fragmentada y húmeda, y el corazón se me volcó dentro del pecho.

—¿Yo?

—¿Ves a alguien más?

—¿Por qué querrías que nos conociéramos?

—Bueno, eres bastante agresiva, pero si le contara de ti, querría conocerte.

—Seguramente porque es mejor persona que tú.

Le quité La canción de Aquiles de las manos, pues había empezado a hojearlo sin permiso y no quería que viera las frases que yo había subrayado.

—Nadie que quiera conocerte está en su sano juicio.

—Cualquier persona que te soporte me cae bien —repliqué.

—En realidad, te llevaría a mi casa —me confesó, y supe por su tono que decía la verdad—, pero no es lo que solía ser. Es demasiado peligroso. Y mi padre te odiaría.

—¿Crees que mi padre a ti no?

Eloi clavó sus ojos negros en mí.

Me analizó de la cabeza a los pies y sonrió, como si le divirtiera mi tamaño: tenía que estirar el cuello hasta torcer la cabeza para sostenerle la mirada cuando estábamos de pie.

—Tu padre haría cualquier cosa por deshacerse de ti.

—En realidad, tiene un récord criminal por deshacerse de mis prometidos.

Y él se rio.

—Te apuesto lo que sea a que se haría mi mejor amigo con tal de que me case contigo y le dejes en paz.

—Es broma, ¿verdad? —pregunté antes de ilusionarme.

El tema del matrimonio no era el más sencillo para mí. Todavía me dolía el corazón cuando pensaba en casarme, porque no sabía si encontraría a una persona con la que escribiría la historia que anhelaba.

Me había adelantado un par de pasos a Eloi, pero, al no escuchar nada, me giré. Se había enseriado, hundidas las manos en los bolsillos de su jogger oscuro. Me contempló un par de segundos y luego se encogió de hombros, acercándose.

—¿Quieres que lo sea?

—No hay forma de que nos casemos.

Parado frente a mí, me di cuenta de que, en su mente, ni siquiera había considerado las dificultades.

—¿Quién lo dice?

Me humedecí los labios.

—¿Por qué querrías casarte conmigo?

—Porque no quiero dejar tu felicidad en manos de nadie más.

En otro contexto, en otro lugar y otro tiempo, le habría creído. Pero en ese momento, me crucé de brazos, incapaz de reprimir la sonrisa porque admiraba su capacidad de ver un futuro donde solo había cenizas.

—Te quieres ir a Francia —rebatí, y él me empujó suavemente con un dedo.

—¿Nos mudamos a Lyon o a París?

Me reí.

—¿Por qué asumes que me iré contigo?

—Porque me extrañarás si me voy sin ti.

𝐋𝐨𝐬 𝐝í𝐚𝐬 𝐝𝐞 𝐀𝐧𝐣𝐚Donde viven las historias. Descúbrelo ahora