21 | El día que conocí a Eloi

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Volví a anotarme a los programas de voluntariado de dos semanas.

Mis padres me ayudaron a recaudar fondos, me presenté a la entrevista en línea (pues la persona que organizaba el viaje se encontraba en Hong Kong) y me informé todo lo que pude sobre Ghana antes de ir.

El equipo se reuniría tres días antes en una casa rentada, a las afueras de la región de Ashanti. Éramos un equipo de quince personas, trece chicas y dos hombres, y la líder se llamaba Sarah. 

Tuvimos dos días de entrenamiento intensivo en la casa, donde diseñamos camisetas que usaríamos durante el voluntariado. Nos explicaron las actividades que haríamos, cómo interactuar con los niños, cómo hablarles y agacharnos a su altura.

También nos enseñaron a tomar la presión, a desinfectar y vendar heridas, a poner vacunas contra la malaria y nos dieron materiales para concienciar tanto a adultos como a adolescentes de las enfermedades de transmisión.

Fueron los mejores diez días de mi vida.

Aunque muchas personas del equipo no me caían bien (y no creo que eso tenga arreglo nunca), me hice amiga de May, una chica indonesia que había estudiado Diseño Gráfico e Ilustración en Suecia.

A la hora de dividirnos en grupos más pequeños, yo siempre me juntaba con May y Sheena, otra muchacha de Hong Kong.

Se me olvidó por completo mi cuerpo y mi físico. Es decir, me sentía incómoda usando shorts porque Sheena, por ejemplo, estaba mucho más delgada que yo, aparte de bronceada, y se veía mejor.

Pero cuando me sentaba en el suelo con las niñas de nueve a doce años y les explicaba cómo usar toallitas sanitarias y cómo cuidarse durante su periodo, se me olvidaba.

Me daba igual si había ganado peso, si mis piernas se veían más grandes.

Al final de cada día, nos reuníamos a las nueve de la noche en la casa compartida y hablábamos de lo que habíamos observado ese día, de errores y aspectos en los que podíamos mejorar.

Yo dormía con tres chicas más, en literas, y durante la noche, daba igual que abriésemos la ventana. El calor era aberrante.

Me bañaba cada mañana y noche, y llevaba mi propia cuchilla. A los quince o dieciséis años, Virginia me había empezado a comprar cuchillas, además de que me explicó con qué crema de afeitar usarlas, y en qué dirección.

El último día del voluntariado, mientras esperábamos a que sirvieran la cena, me senté en la escalera frente a la escuela donde trabajábamos con los niños. Nuestra casa compartida quedaba un poco más abajo de la colina, metida en el campo, y debíamos subir la empinada cuesta hacia el comedor de los niños y la escuela.

Aunque podríamos comer en casa, o ir a la ciudad, preferíamos sentarnos entre los niños y mujeres porque Sarah, la líder, decía que era importante hacer relaciones con las personas a las que apoyábamos.

Allí no había conexión wifi, sino solamente en la casa compartida, por lo que yo había preparado unas tarjetas con palabras en twi. La mayoría de niños y mujeres hablaban inglés y nos comunicábamos sin problema, pero me gustaba poder nombrar los colores o los animales en twi, en especial cuando los niños más pequeños no se atrevían a contestar mis preguntas en inglés.

Hablarles en twi hacía que me prestaran atención y que, de algún modo, quisieran acercarse.

Aquella noche, mientras repasaba mis tarjetas, Dikrah, una niña de nueve años con la que había interactuado pocas veces, se sentó junto a mí, en el escalón. Le pregunté cómo estaba.

—Mis papás van a mudarse.

—¿En serio? ¿Adónde?

—A Marruecos.

𝐋𝐨𝐬 𝐝í𝐚𝐬 𝐝𝐞 𝐀𝐧𝐣𝐚Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora