Dejamos el campamento a las ocho de la mañana para no perder tiempo de servicio. Caminamos, a pesar de que la frontera no estaba tan lejos del campamento en la frontera, y acabé eligiendo deportivas para un hombre que se había colado en mi mente sin permiso. Podría haberlo hecho por cualquier otra persona, porque me era imposible ignorar una necesidad frente a mis ojos.
—Es la última vez que hago esto —le dije a May.
Estábamos en una de las tiendas departamentales y, para mi sorpresa, había encontrado cosas de buena calidad por un precio que me podía permitir pagar. Revisé el material y el interior para asegurarme de que fueran cómodas.
—Lo dudo.
May se había cruzado su diminuto bolsito de cuero sobre el torso.
Mientras yo iba en joggers, mi camiseta blanca y los mechones rojos que se me escapaban de la coleta, May iba en un top de tirantes y anchos pantalones de verano. Nos derretíamos de calor.
—No sabes lo seco que es conmigo —murmuré.
—Tampoco eres amable con él.
Hice una mueca.
—¿Sabías que es un insurrecto?
May casi sonrió.
—De tu tipo.
—Claro que no.
No podía gustarme. No se trataba de eso. Lo último que quería era que me pasara algo así. Nunca había sido el propósito de mis viajes conocer a alguien en ese sentido, ni estaba dispuesta a que ocurriese. A toda costa lo evitaría.
Compré las deportivas, pero le pedí a May que se las llevara. No soportaría que se burlase de mí o dijera que lo hacía por lástima.
Regresamos a la hora del almuerzo.
No sabía qué pasaría con Eloi, si Jesaja lo movería a otra zona del campamento con tal de protegerlo, porque imaginaba que no sería seguro para él permanecer allí.
Esa semana trasladarían al centro educativo a los que quisieran permanecer en España. Allí les ayudarían a obtener asilo político y protección legal, y uno de los encargados de ese proceso era Iacob, identificado por un gafete amarillo que colgaba de su cuello.
Mientras May iba a entregar las deportivas al otro lado del campamento, en el área masculina, decidí entrar al comedor comunitario. En una de las mesas metálicas del amplio salón, reconocí a Iacob, así que agarré mi bandeja de arroz y pan, y me acerqué a su mesa. Estaba sentado con varios hombres, pero quedaba un espacio frente a él que ocupé tras pedirle permiso para sentarme.
Me interesé por su día, aunque casi nunca hablábamos, y le pregunté qué sabía de Eloi.
—Parece que ayer querían matarlo.
Iacob partió el pequeño trozo de pan que tenía entre las manos.
—Estamos intentando acelerar su proceso —me dijo— para que pueda quedarse en España. La semana que viene iremos a presentar la solicitud al gobierno.
Se suponía que debía alegrarme: resolverían su condición de refugiado y lo ayudarían a obtener la documentación necesaria para quedarse en el país. Pero eso significaría que no volvería a verle.
Y una mitad de mí, un porcentaje muy mínimo de esa mitad, había esperado, tal vez, verle de nuevo.
Esa noche, me senté con las chicas alrededor de la fogata que encendíamos para compartir nuestras observaciones; hacía calor, pues era verano, pero probablemente llovería al día siguiente. Cuando llovía, el suelo se embarraba y enormes charcos de lodo se formaban alrededor del campamento.
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𝐋𝐨𝐬 𝐝í𝐚𝐬 𝐝𝐞 𝐀𝐧𝐣𝐚
General FictionAlgunas historias de amor sí son para siempre. ************** Anja tiene un diario donde ha registrado los días más importantes de su vida desde que fue adoptada. Ella no quería tener una familia, ni creía en el amor, ni en los padres. Había sido ac...
