Elizabeth

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Robert Pattinson


Estaba apunto de llegar a la habitación del hotel donde me encontraba hospeda, faltaba una cuadra para llegar. Después de despedirme de Lisa, tomé un taxi sin perder nada de tiempo. Aún seguía asustada por todo lo que había escuchado por parte de Lisa. Mis pensamientos no me llevaron muy lejos porque en ese momento siento como una mano tira con fuerza de mi brazo.

-¡Sueltame!- exigí a la persona que me tomaba en brazos. ¿Como fue posible que no me diera cuenta de que era seguida?

-Si coperas será más fácil para todos- intenté soltarme de todas las maneras posibles pero no puede. El tipo era muy alto y fuerte, me llevó arrastrando hasta una camioneta negra con vidrios oscuros.

-¡Por favor, sueltame!- me negué a subir.
-Tenemos órdenes específicas donde dicen que tú vendrás con nosotros- me dió un empujón lo que provocó que mi cabeza se golpeara con el filo de la puerta. Era imposible para mi escapar ya que en cada lado tenía aún tipo con un arma. Antes de avanzar uno de ellos me colocó unas esposas y una manta de color café en la cabeza, cubriendo mi vista.

Ningún de ellos dijo nada en todo el camino, permanecían en silencio mientras tanto yo solo rogaba a Dios que Alexander tuviera misericordia de mi. Jamás debí salir de esa prisión, debí haber salido del país, cambiarme el nombre, ¡maldita sea! Muy tarde para todo eso. Lisa tenía razón, jamás debí de haber regresado.

Pasaban los minutos y el silencio era igual, el tipo que manejaba detuvo la camioneta y dijo unas palabras en clave a una persona. Seguimos avanzando por un camino pedregoso pero no duró mucho porque en un momento a otro la camioneta se detuvo.

-Muy bien niña es hora de que bajes- el mismo tipo que me secuestró me bajó de la camioneta, quitó la manta de mi cabeza y cerré los ojos por la molestia que ocasionaban las lamparas del jardín.

Me tomó por el brazo y caminamos a paso firme, esta de más mencionar el lugar donde nos encontrábamos, era la mansión de Thomas.

La casa no había cambiado mucho, todo seguía igual a como lo recordaba. Llegamos a la puerta principal y el tipo a mi lado tocó la puerta, esta fue abierta por Adam, el mayordomo y el mejor amigo del difunto señor Sam.

-¿Elizabeth?- preguntó con sorpresa .

-Hola, Adam- sonreí.
-Sueltenla, estará bien conmigo.

-Lo siento mucho señor, pero la órdenes que se me dieron dicen que...
-Se cuales son las órdenes, estará bien conmigo. Ahora, dame las llaves de las esposas y puedes retirarte- Adam estiró su mano y el tipo con algo de fastidio se las pasó.
-Buen trabajo- Adam cerró la puerta y se acercó a mi.

-Dichosos los ojos que te ven mi querida Elizabeth- tomó mis manos con suavidad quitando las esposas.

-¡Que lindo de tu parte! — Mi sarcasmo fue lo primero que recibió.

Acaricie mis muñecas con nerviosismo, mi mirada iba a todas partes, la casa se encontraba tranquila y silenciosa.

-No está aquí, por si te lo preguntabas.
-Eso no fue lo que pensé, pero de todos maneras, entre más rapidos hagamos esto más rapido me largo de aquí. ¿Dónde está?- pregunté.

-Él salió a buscarte- me tomó suavemente del brazo llevándome a los sillones. -Una persona que trabaja para Lisa le informó que estabas ahí, por lo que salió de inmediato a tu búsqueda- me dijo con una sonrisa. -¿Quieres algo de beber?- asentí.

Él camino a un mini bar donde me sirvió una pequeña copa y nuevamente tomó asiento a mi lado.

-El día miercoles, una de sus camionetas esperabá tu salida pero cuándo llegaron les informaron que ya te habías marchado.- Mostró una linda sonrisa. ¿Acaso este hombre nunca tiene miedo?
-Si, adelantarón mi hora de salida.

Los dos permanecimos en silencio por un momento.

-Debo admitir que no reconozco a la Elizabeth que tengo a un lado- lo miré con atención.
-Las personas cambian Adam.
-Claro, pero me gusta recordarte entrando a esta casa con tus aires de grandeza, a paso firme con toda esa ropa y joyería tan cara que solías comprar. ‐ Le regale una sonrisa nostálgica, él tenía algo de razón. Ahora, vestía con unas balerinas negras, unos pantalones gastados y una simple ramera negra, ya no llevaba conmigo alhajas costosas o mi cabello muy bien arreglado.

-Pero, ¿sabes algo? — Adam me sacó de mis pensamientos. -Me gusta más esta Elizabeth, es una Elizabeth sincera y real, creo que podría acostumbrarme-.

-Tengo que confesarte algo Adam, tengo miedo de verlo a la cara.

Adam puso toda su atención sobre mi, tomó mis manos dándome su apoyo.

-No temas Elizabeth, Thomas jamás te haría daño. Ha estado contando los días para volver a verte.- permanecí en silencio escuchando lo que decía. -Thomas siempre te ha querido Elizabeth, nunca has dejado de ser su persona favorita.- Sonreí ironicamente por lo dicho. Adam tratando de remediar lo pasado.

-Así que no te preocupes todo estará bien. Ahora, Thomas esta por llegar te llevaré a su oficina donde podrán conversar con tranquilidad.‐ Me levanté de mi lugar caminando detras de él.

Al llegar a su oficina Adam se despidio de mi diciendo que estaba feliz de verme. Al quedarme sola en su enorme oficina observé todo con los brazos cruzados, miraba las fotos de la familia O'sillivan. En una ellas aparecían los padres de Thomas, su madre lo sostenía con mucho cariño, el cabello rubio y su piel pálida lo hacia verse idéntico a su madre ellos dos hacían contraste con su padre que era de cabellos oscuros. Me detuve a observar a travez de la ventana que deba a la entrada de la casa, desde ahí se podía observar todo. No entiendo cómo es que aún no escapo de aquí, una idea tonta, ya que sería descubierta muy fácilmente por alguno de los sirvientes de Thomas. Estabá nerviosa y no dejaba de comerme las uñas todo esto me parecía muy difícil, no sé que le diré ni siquiera me atrevía a volver a verlo.

Todo eso cambió cuando escuché como la puerta era abierta suavemente y el tiempo se detuvo a mi alrededor.

𝕽𝖔𝖒𝖆𝖓𝖙𝖎𝖖𝖚𝖊. ᴿᵉˡᵃᵗᵒˢ ʸ ᵒᵗʳᵃˢ ᶜᵒˢᵃˢDonde viven las historias. Descúbrelo ahora