—Royer se... Él se... Royer se cayó, ¡mamá Roger se murió! —dije llorando mientras seguía sujetándolo por el hocico.
—¡Noooo! —escuché gritar a mi hermano mientras bajaba por la escalera, dándole un gran jalón a mi mamá del brazo. De no ser porque ella lo tenía agarrado fuertemente, seguro se hubiera resbalado escaleras abajo.
Al llegar abajo, logró soltarse y corrió directo donde nosotros. Arrodillándose también sobre aquella sangre espesa y abrazando con fuerza el cuerpo muerto de Royer.
—Royer párate, por favor, Royer párate —decía mi hermanito, agitando su cuerpo, como tratando de reanimarlo.
—¿Madiel qué pasó? —volvió a preguntar mi mamá. Me levanté y ahora sí noté mis pantalones pegajosos por toda la sangre que habían absorbido.
—Mamá, mamá, yo... —dije nerviosa mientras la veía. —Llegué del colegio y Royer.
"Tú lo pateaste, ¿recuerdas?". Aquel pensamiento frenó mis palabras al instante.
Javier volteó a verme también, buscando una explicación. Recuerdo que tenía su cara roja por todo el llanto. Los mocos transparentes salían de su pequeña nariz mientras se mordía su labio inferior. Me miraba con aquellos ojos llenos de dolor y tristeza. Me sentí lo peor del mundo en ese momento.
—¿Y entonces qué, Madiel? —preguntó mi mamá agitada, haciéndome volver. —¿Qué pasó?— me sujetó por los hombros y me agitó.
—Mamá, yo...
"No puedes decirle, no puedes decirle", pensé.
—Mamá, Royer sé...
"Si le dices, tu hermano te odiará toda su vida".
—Yo estaba— mi hermano seguía mirándome con esa carita triste y sin parar de llorar.
—Mamá, yo llegué y Royer estaba muy agitado, no paraba de ladrarme y se levantaba en dos patas en la puerta del patio, arañándola con sus pezuñas. —Yo hablaba demasiado rápido, traté de calmarme mientras analizaba qué palabras debía decir.
—Yo abrí la puerta y Royer salió muy rápido, no entendí. Él solo salió y resbaló y vi— recordé su rostro lleno de miedo, al tratar de sostenerse, justo antes de caer. —Y vi cómo se caía... Mamá Royer cayó y se murió. —Comencé a llorar de nuevo, mientras presionaba mi rostro en su pecho.
Javier comenzó también a llorar. Seguía agitando el cuerpo desesperadamente, pidiéndole a Royer que se levantará.
—Tranquila mi amor, cálmate, no fue tu culpa —me decía mi mamá mientras acariciaba con una mano mi cabello y me abrazaba. —El perro aguantó mucho tiempo las ganas de hacer sus necesidades. No fue tu culpa Madi.
Con sus manos limpió las lágrimas de mi rostro.
—Llévate a tu hermano sí, quítense toda esa ropa y échala en una bolsa de basura. Báñense bien y quédate con él, mientras yo me encargo de esto.
Yo asentí sollozando y levanté a Javier, él continuaba pidiéndole a Royer que se levantara, entre lagrimas y lamentos que hubieran quebrado hasta al más insensible.
Los siguientes minutos fueron una tortura para mí. Mi hermano no paraba de llorar, mientras yo le quitaba su ropa. Lo metí en la bañera y le dejaba caer el agua sobre su cabeza con un envase pequeño.
—Royer... Royer —repetía entre sollozos en todo momento, había ratos donde se calmaba un poco, pero luego comenzaba a llorar otra vez.
Mi mamá tuvo que llamar a unos vecinos para que se llevaran el cuerpo del perro y lo botaran lejos, no sé dónde. Todo mientras yo estaba con mi hermano dentro del baño.
Cuando salimos, ella se encontraba limpiando el piso, imagino que se habían derramado gotas de sangre cuando sacaron al perro envuelto en bolsas de basura. De Royer solamente quedó un círculo de cal en el patio.
Esa noche la cena fue muy triste, ya Javier no lloraba, solo miraba fijamente hacia el vacío, mientras masticaba muy lento su comida. Mamá nos preparó salchichas con espagueti. Dios, cómo adorábamos comer salchichas con espagueti, pero esa noche mi hermano y yo apenas probamos la comida.
Antes de acostarme, en mi habitación escuché a través de las paredes a mi hermanito, había comenzado a llorar otra vez. Esperaba que mi mamá fuera a su cuarto a consolarlo, pero ella nunca salió. Seguramente ya había tomado sus pastillas para dormir y no había nada que la sacara de la cama hasta la mañana siguiente.
Retiré mis cobijas y salté del colchón, sintiendo el frío piso en mis pies descalzos. Apenas entré a su cuarto, lo vi, acostado de lado, abrazando su almohada. No dije nada, solo me acosté tras él y lo cubrí con mi brazo.
Javier se dio la vuelta y me abrazó fuerte, mientras recostaba su cabeza en mi estómago.
—Madi, ¿crees que Royer esté en el cielo? —dijo entre sollozos. La imagen de Royer temblando y botando sangre por la boca, volvió a mí en ese momento.
—Sí, claro que sí, tranquilo Javi, Royer está en el cielo junto a Papá Dios.
Lo abracé con más fuerza y acaricié su cabello una y otra vez. Le di una mirada a su habitación. Correas y cinturones para perro colgaban de un closet. En el suelo, había pelotas de goma de todos los tamaños y colores, con las que ellos jugaban a cada rato. En la pared había dibujos de las siluetas de Royer y él juntos. Era imposible no pensar en ese perro dentro de aquella habitación. Tendría que deshacerme de todo, cuando él estuviera más calmado.
—Te amo Madi —me dijo mientras seguía abrazándome.
—Yo te amo más Javi —le respondí.
Lo besé en la frente, y él siguió llorando hasta que se quedó dormido, abrazado a mí. Yo no pude dormir en toda la noche, sintiéndome culpable. Revivía en mi mente la caída de Royer, una y otra vez.
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LOS PECADOS DE MADIEL
HorrorLa repentina aparición de una aplicación letal transforma la vida tal como la conocemos, convirtiendo el mundo en un lugar donde la sociedad enfrenta una ola de suicidios masivos. Las principales víctimas de este extraño fenómeno son jóvenes. Los c...
