Dio un salto desde la ventana, que estoy segura que es imposible para cualquier persona, y como si fuera un luchador mexicano, se lanzó sobre mí, tumbándome de espaldas en el suelo.
El cuchillo salió de mi mano y quedó fuera de mi alcance por escasos centímetros. La anciana comenzó a lanzarme sus arañazos que creaban pequeños, pero dolorosos desgarres en mi piel. Me tapé la cara con ambas manos, en un intento de proteger mis ojos. Pero ella tomó con fuerza mi cabeza, por mi cabello y mentón, y me azotó dos veces contra el piso, tan fuerte que estuvo por poco de dejarme inconsciente.
Me giré a último momento, cuando tomó mi cabeza, así que la mayor parte del golpe se la llevó mi costado derecho del rostro, específicamente la zona alrededor de mi ojo.
Quedé tan aturdida que todo se ralentizó a mi alrededor. La anciana sencillamente debió quitarse de encima de mí, porque yo no tenía las fuerzas para poder moverla por mí misma. Todo se puso borroso, y comencé a arrastrarme mientras sentía el dolor creciendo en mi cara.
Con la yema de los dedos, sentí el mango de madera del cuchillo y lo tomé con fuerza.
Debió ser un golpe de adrenalina, porque apenas sujeté el cuchillo, me levanté ferozmente y lo enterré en su pecho, dejándome caer sobre ella. Ahora era yo quien la tumbaba de espaldas contra el suelo. Saqué el cuchillo y la sangre chispeó en mi rostro. Era negra, espesa y con un olor putrefacto.
Sentí una rabia enorme dentro de mí y arremetí contra ella, una y otra vez, enterrando el cuchillo, sacándolo con fuerza y volviendo a apuñalarla nuevamente. Debí hacerlo 5 o 6 veces, porque cuando me di cuenta, ya estaba sin aire y cansada.
La anciana lanzaba un quejido cada vez que la acuchillaba y comenzó a producir un extraño sonido. Pensé en su momento que estaba chillando del dolor de las puñaladas. Pero fue cuando me detuve, dejando el cuchillo enterrado en su pecho y con el mango sobresaliendo de él. Me di cuenta de que se estaba riendo.
Retrocedí y quedé sentada en el piso, mientras negaba con la cabeza y comenzaba a llorar. La rabia se había ido y el miedo volvía nuevamente a apoderarse de mí.
La anciana se levantó tranquila y sacó de un fuerte tirón el cuchillo de su pecho. De todas sus heridas brotaba aquella sangre asquerosa que ahora manchaba mi piso, paredes y hasta un costado de la cama.
Sin dejar de mirarme, comenzó a apuñalarse ella misma con el cuchillo en el estómago. Lo sacaba y lo enterraba de nuevo mientras seguía con esa risa cruel, burlándose de mí.
Volví a cerrar los ojos con fuerza y me dejé caer en el suelo, mientras adoptaba una posición fetal.
"Solo deja que lo haga, ya no luches", me dije en mi mente desesperada.
"Al principio va a doler mucho, pero luego el dolor se irá disminuyendo hasta que desaparezca por completo... Al final, el dolor se detendrá para siempre".
Todo se volvió tan silencioso, que solo podía escuchar mi propio llanto. El dolor en mi cara pasaba a volverse insoportable. Sentía un bulto creciendo alrededor de mi ojo derecho. Yo solo esperaba con temor el momento en que la anciana enterrara el cuchillo en mí.
Abrí los ojos, segura de que la encontraría a mi lado.
Pero solo encontré el cuchillo, sobre el charco negro que había dejado ella en el suelo. Me levanté temblorosa, y al observar en todas direcciones, me di cuenta de que me encontraba de nuevo sola en el apartamento.
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LOS PECADOS DE MADIEL
HorrorLa repentina aparición de una aplicación letal transforma la vida tal como la conocemos, convirtiendo el mundo en un lugar donde la sociedad enfrenta una ola de suicidios masivos. Las principales víctimas de este extraño fenómeno son jóvenes. Los c...
