Capitulo 8 -Parte 3-

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—Obviamente, Javier habló con mi mamá sobre todo lo que le conté. Ella no entró más a la habitación a verme, sé que siempre estuvo afuera, pero no se atrevía a quedarse sola conmigo en el cuarto.

Fue mi hermano quien me sacó del hospital, y junto con Yoselin me acompañaron a buscar mis cosas en el apartamento. Dudé antes de entrar, pero estando con ellos dos pude sentirme segura; ya no había nada allí adentro que pudiera hacerme daño.

—¿Y para dónde te fuiste? —preguntó Valentina.

—Solo había un lugar donde podía ir, así que tuve que volver a la casa de mi mamá. Javier fue el primero en tener que irse; debía volver a Caracas, pero me juró que vendría constantemente a visitarme y lo ha cumplido siempre. Fue él quien me consiguió el cupo para comenzar mi terapia aquí en este centro médico. Yoselin alargó su estadía en Venezuela unas semanas más, se mantuvo a mi lado y fue quien me animó para que hablara con mi mamá.

Así que una noche, salí de mi habitación y fui hasta la sala donde ella estaba viendo su telenovela. Me quedé parada frente a ella, observándola detenidamente.

—¿Qué pasa, Madi? —me preguntó. Quería decirle algo, pensaba comentarle que necesitábamos hablar, pero solo me quedé ahí y sin poder aguantar comencé a llorar frente a ella.

Mi mamá se levantó del sofá donde estaba y me abrazó, mientras también arrancaba a llorar.

—Perdóname, hija, por Dios, perdóname.

Nunca había visto llorar a mi mamá antes; era una mujer muy dura, le tocó serlo. No fue fácil para ella tener que cargar conmigo y Javier sin tener ninguna ayuda. Recosté mi cabeza sobre su hombro y dejé que todo el dolor, que aún cargaba dentro de mí, saliera en forma de lágrimas.

—Hice lo que creí que era lo mejor para ti, hija, perdón, Madi, perdón, yo solo quería que no pasaras por lo que yo pasé, que no vivieras lo que yo viví. Perdón por hacerte tanto daño, mi niña, mi Madi, perdón.

Y ahí nos quedamos durante casi una hora. Le dije que la perdonaba, que era la única madre que tengo y que la amaba. Me acomodé, con mi cabeza recostada sobre sus piernas, como cuando era una niña, sintiendo sus suaves manos acariciando mi cabello hasta que me quedé dormida.

Quisiera decirte que fue fácil recuperar mi vida, Valentina, pero no lo fue; debió transcurrir mucho tiempo antes de poder perdonarme a mí misma. Y para que todo lo sucedido con respecto a esa noche dejara de afectarme tanto.

Era muy fácil para mí paralizarme y comenzar a llorar de nuevo; había días en los que no quería ni siquiera salir de mi cama. Muchas veces me desperté gritando a mitad de la noche porque volvía a soñar con aquella anciana. Soñaba que volvía por mí, soñaba que estaba en la oscuridad, esperando el momento para saltar encima de mí.

Francis fue en realidad quien me ha ayudado como nadie en este mundo. Gracias a ella pude superar mis miedos a estar sola y, especialmente, a superar el terror que le tenía a la oscuridad. Especialmente me ayudó a superar el trauma con respecto a mi aborto.

Fue cuando estaba terminando la universidad que todo sucedió. Me involucré con uno de mis profesores; era un hombre mucho mayor que yo, tenía esposa e hijos, pero nunca perdía oportunidad para tirarme indirectas. Y yo, como niña idiota, pensé que sería una aventura interesante, algo no más serio que una travesura. Y claro, con el beneficio de pasar con excelente nota su materia.

—¿Llegaste a decirle que estabas embarazada? —preguntó Valentina.
—Pues claro, fue al primero que le avisé cuando el examen dio positivo.
—¿Y? ¿Cómo lo tomó?
—Pues como todo un idiota —dijo Madiel poniendo sus ojos en blanco. —Negó que fuera de él, me pidió que no lo molestara más, y que si lo que quería era sacarle dinero o trataba de perjudicarle su matrimonio, se iba a asegurar de que no me aprobaran mi título universitario.

—Todo un imbécil —dijo Valentina.
—Pues sí, se acabó la travesura, solo que la perjudicada terminé siendo yo. Luego que entendí que no iba a servirme para nada, busqué apoyo en la única persona que pensé que me podría sacar de ese problema.

—Tu mamá —se apresuró a decir Valentina.

Madiel solo asintió suavemente, se apretó de los brazos y continuó.

—Lo primero que experimenté cuando supe que estaba embarazada fue una gran confusión, no sabía cómo iba a poder con todo aquello, y cuando tuve la confirmación de parte del padre de la criatura de que no pensaba ayudarme en nada... sentí que había caído en un foso oscuro donde no podía ver la luz. Llevaba tiempo sin hablar con mi mamá; como te dije, nuestra relación madre-hija fue muy complicada, pero fue a quien acudí en mi desespero. Además de Javier, ella era la única familia que tenía. Recuerdo el taxi que tomé para ir a su casa; era un Corolla 2009 verde manzana. El color me dio una sensación de paz y llegó a mi mente la idea de que, si tuviera un varón, sería el color perfecto para su habitación. Comencé a imaginar sus manitas pequeñas rodeando mis dedos, sus ojos inocentes viendo fijos los míos mientras lo cargaba. Empecé a preguntarme cómo se sentiría el besar la planta de sus piecitos. "Tal vez le ponga Javier como su tío", pensé mientras sonreía con las lágrimas aún en mis ojos. Cuando el taxi me dejó frente a mi antiguo hogar, aún sentía miedo, pero ahora también tenía una brisa de esperanza de que las cosas podrían funcionar.

De verdad que cuando mi mamá me dijo que no podía tener al bebé, esa no era la respuesta que esperaba. Sí recuerdo titubear y decirle que no estaba segura, pero ella comenzó a hablar y a decirme que si tenía ese bebé, me perjudicaría en mi último semestre; también arruinaría mi carrera. Porque no podría trabajar con un bebé recién nacido, y menos podría cargar con todos los gastos yo sola.

Me repetía a cada momento que todo era por mi bien, que debía confiar en ella y que debíamos actuar rápido, aprovechando que el bebé no era más grande que un frijol y que obviamente aquello aún no era humano.

Recuerdo escucharla hablar mientras pensaba "Ella tiene razón, tú no puedes ser mamá" antes de acceder y dejar que mi madre me llevara a aquel lugar... Lo demás ya lo sabes.

Madiel llevó una mano a sus ojos y limpió sus lágrimas. Valentina hizo lo mismo y, nuevamente, la doctora Francia se levantó para dar unos suaves apretones en los hombros de Madiel, quien a su vez le respondió posando su mano derecha sobre una de las manos de ella.

—Muchas veces me he imaginado, ¿qué hubiera pasado si le hubiera dicho que no? Sé que habría sido difícil, pero estoy segura de que yo... hubiera sido una gran madre.

Madiel comenzó a llorar nuevamente; Francis la rodeó con ambos brazos y la apretó fuerte, tratando de consolarla. Valentina también se levantó de su asiento y fue directamente hasta ella para abrazarla; se sorprendió al ver que la doctora estaba llorando.

En ese momento las tres se abrazaron tan fuerte, como si fueran tres hermanas pequeñas, apoyándose incondicionalmente, en medio de aquella oscuridad.

LOS PECADOS DE MADIELHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora