4: Llamadas extrañas.

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4: Llamadas extrañas.

Un tema que me inquietaba era lo que estaría pensando Devon.

Las cosas entre él y yo no se hicieron más fáciles, pero recuerdo que unos días después de toparme con Meg en la universidad, Devon me contactó.

Su voz se escuchaba cansada, como si quisiera detener el mundo y sentarse a descansar. Él estaba vulnerable, como un auténtico chico de veintidós que no sabe qué hacer con su vida.

—¿Podríamos vernos?

Su amabilidad me tomó con la guardia baja. Las otras veces —que yo insistí en reunirnos— él respondía con monosílabos y no muy contento.

Yo no era un tipo de rogar ni de presionar. Era fiel creyente de que la gente necesita su espacio. Pero él no era cualquier persona. Devon —o Alexander en ese entonces— era mi hijo. Eso creía, todavía no habíamos formalizado nada, tampoco habíamos hablado de una prueba de paternidad; aunque tú sabes que yo contaba con la capacidad de saberlo sin tener que hacerme una prueba.

Sentía que con Devon no sería pan comido ganarme su aceptación y, lo creas o no, para mí era importante. Porque era mi sangre, quería conocerlo, recuperar algo de tiempo y, de paso, cumplir la promesa que le hice a Sophie de abrir la puerta a nuevas personas y sensaciones. Ella no se refería sólo a sentir amor romántico, sino a entablar nuevas amistades, a no sentarme amargado en una esquina esquivando todo contacto emocional.

—Dime dónde y estaré allí.

Cuarenta y cinco minutos después, estábamos sentados en una cafetería al azar, en un rincón, uno frente al otro, con una gaseosa para Devon y un café para mantenerme alerta.

—Mamá nunca me habló de ti más allá de tres frases: estúpido, idiota, poco importa. Además decía que tú no quisiste quedarte y mis abuelos no quisieron cargar con una chica de quince embarazada. Y entonces agregaba una de esas tres palabras.

Respiró hondo, sin mirarme, con la vista fija en las burbujas de gas en su refresco de Cola. También me uní a la exploración de la gaseosa para no perder los estribos. Para mantenerme sereno y no empezar a gritar que ella ni siquiera me conocía como para decir semejante estupidez.

—No fue hasta que la presioné para saber más que ella soltaba una que otra cosa. Que fuiste violento. Que eras un borracho. Que te tenía miedo y que era mejor nunca acercarse a ti…

Devon levantó la cabeza. Sentí su mirada. Una especie de curiosidad y acusación se mezclaba en sus ojos, exactamente el mismo matiz que los míos. Ni siquiera Robbie había heredado el color de mis ojos. Pero Devon sí. ¿Por qué me enfoqué en eso, en vez de darle una explicación?

«No va a creer nada de lo que digas», susurró la voz. Y mi cerebro tanto como mi instinto le dio la razón. Él no estaba listo para las explicaciones.

Sin embargo, no me quedaría con esa.

—Marilyn duró cuatro días en Patterson, Alexander. Cuatro —remarqué la última palabra con la intención de que me diera algo de crédito. ¿Qué puedes conocer de una persona en cuatro días para lanzar semejantes cosas?

—Ella no me contó cuánto tiempo pasó contigo o si fue algo serio… pero no me hizo falta… —El tono de sus ojos se oscureció y el rencor empezó a ganar terreno.

»Ella dijo que tú la obligaste…

—¡¿Qué coño?! —gruñí, perdiendo la calma. Me aferré al borde de la mesa con tanta fuerza que sentí que le haría una abolladura al metal.

En un latido Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora