Capítulo: 28

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Ya había amanecido, una fría mañana de diciembre había nacido, y nosotros aún esperando noticias de Samantha. El doctor dijo que estaría bien, pero no podíamos dejarla sola con Victoria, no sabíamos lo que esa psicópata era capaz de hacer...en unos minutos, ella se iría para poder donarle sangre a su hermano, y nosotros podríamos irnos a casa en cuento el doctor...

—Ella está bien— un señor alto y de mediana edad me sacó de mi pensamiento ¡Carajo! Estaba demasiado cansado, me dolía la cabeza, de hecho ¿Qué parte del cuerpo no me dolía? Estaba hecho polvo, necesitaba descansar. —Ah desperado, está bien, dice que quiere ir a casa, no quiere ver a nadie.

—Gracias a dios— me levanté mirando al cielo en señal de agradecimiento, miré a Naty quien estaba aún un poco molesta con la situación. —¿Nos vamos a casa?

—¿Ya? ¿Sin verla?

—Solo quería asegurarme de que estuviera viva.

—Oh— el médico intervino. —Lo está de sobra, pueden irse confiados.

—Gracias señor— le sonreí con amabilidad y ayudé a Nathalia a levantarse, pero ésta me hizo poco caso.

El regreso a casa fue tranquilo, pero tenso, nadie decía una sola palabra, no habían bromas, o risas, ni comentarios estúpidos, ni siquiera algún comentario crítico o constructivo, nada de consejos, nada de charlas, ¡NADA DE NADA! ¿Qué nivel de enojo llevaría Nathalia para que incluso Max que es un tonto pueda percibirlo?

Tampoco hablamos cuando llegamos a casa, simplemente cada quien fue a su habitación para bañarse y dormir un rato, yo no fui la excepción, también me fui a la habitación que se me había sido concedida al llegar, no quería molestar o discutir con Nathalia por algo insignificante, o quizás solo estaba haciendo lo mismo de siempre, huyendo de los problemas hasta que todo vuelva a ser como antes.

Tomé una larga ducha con agua casi hirviendo, hacía mucho frío en la calle, así que al terminar me abrigué bien y salí de la casa. Miré todo el jardín ¿Como podía ser tan hermosa la nieve? Me encantaba ver cómo toda la capa blanca había cubierto todo, parecía tan... mágica.

Encendiendo un cigarrillo comenzé a caminar por la ciudad, había estado aquí muy pocas veces, así que quería simplemente conocer un poco de lo que aún no conocían. Caminaba tranquilamente con una mano en los bolsillos y mirando hacia el frente como si fuese el empresario más grande de el mundo, sin embargo no me di cuenta de algo en el piso, y lo pateé sin querer, escuché que se quejó, fue un pequeño lamento y me detuve en seco. ¿Era enserio? ¿Hasta en la calle iba a lastimar a todos? Me di la vuelta encontrándome frente a frente con una cachorrita, temblaba del frío, sus ojos me suplicaban piedad, veía claramente como con sus ojitos me pedía a gritos que no la lastimara.

Me agaché, ella retrocedió asustada, pero la acaricié, estaba pequeña, mucho de hecho, se veía que no había comido en días, tiré al piso el cigarrillo y lo aposté con mi pie.

—¿Estás sola?— le sonreí mientras le acariciaba su cabecita. —Ya veo...tienes hambre ¿Verdad?— le volví a hablar, y como si ella me hubiese respondido la tomé en mis brazos. —Yo también, vamos a comer algo.

Demasiado feliz con mi nueva mascota me dirigí a un café, compré algo de comer para ambos, y así comimos hasta satisfacernos. En el regreso a casa no tuve que cargarla, ella caminó sola tras de mí aunque aveces se perdía entre pequeños montones de nieve. Casualmente mi cachorra era blanca, y yo amaba la nieve, así que que mejor nombre para ponerle que Nieve, así que se llamaría así, Nieve.

—Espero que en ésta casa no halla nadie con alergia a los perros— le susurré y la cargué, todos estaban dormidos, pasé por la habitación de Nathalia y escuché voces, así que como buen chismoso me detuve a escuchar.

Lo que nunca te dijeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora